21 de julio de 2020

| Por Aquiles Lázaro

Está claro que el programa político de la autonombrada cuarta transformación no tiene a la cultura entre sus prioridades; pero entre eso y el ataque frontal hay una enorme diferencia. Una cosa es ignorar la existencia de alguien, y otra distinta es confrontarlo y agredirlo.

Esta última imagen ilustra la política del gobierno actual. No solo se ignoran las problemáticas del sector cultural, sino que, con acciones premeditadas, se crean problemas nuevos y se profundizan los viejos. De hecho, llamar política cultural a estas acciones es impreciso. Una política de Estado se define precisamente por la claridad de sus metas, proyectos y estrategias; la forma orgánica en que un programa trata de dar rumbo general a un sector particular del aparato público. Lo que hoy vemos, en cambio, no son sino las ocurrencias unipersonales de un hombre con un horizonte cultural increíblemente pobre, ocurrencias que desandan en unos meses el camino que ha costado décadas a las instituciones culturales públicas.

¿Y qué significa atacar a la cultura? ¿Por qué el presidente se empeña en confrontar a las instituciones culturales? Hay varias razones, unas pragmáticas y superficiales y otras ideológicas, más profundas.

Entre las primeras debe contarse, como punto central, la robusta operación de clientelismo electoral, que vuelca las arcas públicas en programas que hacen llegar a los sectores populares el dinero que les manda el presidente. Todo lo demás es sacrificable, y en primer lugar la cultura.

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También debe notarse que a través del ataque a grupos estratégicos que tradicionalmente han sido plataforma de discursos críticos al poder (académicos, investigadores, intelectuales), se busca neutralizar a un foco latente de oposición, que arrastra en sus posturas a algunos millones de profesionistas y estudiantes de las llamadas clases medias.

Pero las razones ideológicas son más peligrosas. Hay, en efecto, una crítica a la política de la cuarta transformación que tiene su origen en los círculos intelectuales más reaccionarios del país. Esta crítica sacraliza la cultura como producto máximo de las clases ilustradas, y la define por principio como inaccesible para las “masas ignorantes”. Claro que este discurso tan impresentable aparece disfrazado; se nutre de frases cultas rimbombantes y de declamaciones abstractas sobre el papel de la cultura en la sociedad, sin mencionar que la inmensa mayoría de la sociedad mexicana está compuesta por sectores populares para los cuales la oferta cultural educativa ha permanecido siempre inaccesible.

Pero la crítica presidencial a esta postura no es menos perturbadora. De hecho, la concepción obradorista del papel de la cultura es todavía más pobre. Ella coincide, esencialmente, con el carácter elitista de la cultura en general, y de las expresiones artísticas en particular. La máxima de que no se necesitan ingenieros para construir pozos petroleros se traduce en el plano cultural como la sentencia de que no se necesitan pintores y poetas para fortalecer la cultura. La cultura del “pueblo bueno” son las verbenas y los chamanes; la cultura de la “minoría rapaz” son las sinfonías y los teatros elegantes. De aquí afirma el presidente que para él la cultura es lo que tiene que ver con los pueblos indígenas; y por eso se empeña en destruir el maltrecho aparato cultural público.

Esta convicción, en realidad, es una expresión particular de la concepción obradorista sobre las masas populares. Pueblo bueno es un eufemismo que, en su esencia, quiere decir pueblo ignorante, pueblo ingenuo, pueblo incapaz, “como los animalitos”. Ningún papel activo para ellos; ninguna oportunidad para que tomen en sus propias manos sus reivindicaciones sociales; ninguna plataforma para que se organicen con independencia política. Su papel es callar y obedecer, aplaudir y agradecer a su milagroso salvador.

El discurso de la 4T en torno a la cultura entremezcla elementos de las posturas más retrógradas, con la vanidad individual de un hombre abismalmente ignorante. Así deben leerse los persistentes ataques a las instituciones culturales que, al mismo tiempo, señalan a la 4T como un proyecto político profundamente conservador.


Aquiles Lázaro es promotor cultural e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.

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