| Por Abentofail Pérez

Inmersos en una de las crisis sociales más grades que ha padecido nuestro país en este siglo, nos encontramos dirigidos por un personaje sin capacidad de llevar el timón de un barco que naufraga y se hunde cada vez más en la desesperación. Imposibilitado ya de tomar conciencia, el presidente de México deambula como sonámbulo, perdido en ensoñaciones y fantasías. Se ha creado su propia realidad. Su objetivo era alcanzar a toda costa el poder del país y una vez conseguido, como el enajenado por la droga, se ha dejado arrastrar hasta los precipicios más profundos de la locura y el egocentrismo. Para él sólo existe una realidad, la que él mismo inventa. Quienes pretenden hacerle ver su error son unos dementes. Si su discurso no coincide con los hechos entonces son los hechos los que están mal. Si el PIB cayó a niveles alarmantes, entonces el PIB no sirve ya como medidor y habrá que inventarse uno nuevo. Como si un clavadista que, imposibilitado para demostrar su pericia en el deporte, exige al jurado que no se califique la destreza y la habilidad del clavado, sino la cantidad de agua con la que salpique al caer. Así el ganador será el del mejor panzazo. En su delirio fatuo no existen los miles de muertos que ha provocado la pandemia; él está feliz y, por lo tanto, el pueblo debe estarlo también.

Este pueblo que se dejó arrastrar por una verdadera necesidad de cambio al otorgarle su confianza, se ve sumido ahora en la más profunda desesperación. El discurso con el que se le sedujo resultó ser pura fantasía y locura. Le ofrecieron todo porque era el medio para alcanzar el poder. “Nadie ofrece tanto como el que no va a cumplir” decía Quevedo. Hoy, el pueblo trabajador, el que crea la riqueza, el que sale, a pesar de los estragos de la pandemia a trabajar porque se encuentra en la fatal disyuntiva de o morir de hambre o morir de enfermedad, se percata del engaño, empieza a sentir o a intuir la mentira viéndola reflejada en su triste realidad. Los discursos que en un principio sonaban embriagadores, ahora suenan no solo ridículos y estultos, sino hasta groseros. No sólo faltos de inteligencia, sino llenos de fatalidad. Chéjov retrató sin querer en uno de sus cuentos, este paso del asombro del fariseo al desencanto del charlatán. Y no lo pudo ilustrar con mejores palabras.

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“El primero en despertarse era Iván Ivánich (el ganso), que se acercaba inmediatamente a Tiotka (el cerdo) o al gato, doblaba el cuello y se ponía a parlotear con vehemencia; pero sin que fuese posible entenderlo. A veces, estiraba el pescuezo; y, levantada la cabeza, pronunciaba largos monólogos. En los primeros días, Kashtanka atribuía su locuacidad a su inteligencia; pero, pasado un tiempo, le perdió completamente el respeto. Cuando el ganso le venía con aquellos largos sermones, ya no meneaba la cola como al principio, sino que le trataba como a un charlatán fastidioso que a nadie dejaba dormir; y, sin ningún miramiento, le contestaba con un gruñido.”

Ahora el charlatán se ha revelado tras la máscara del retórico. Sus políticas son antipopulares porque van en contra de las necesidades del pueblo. Mientras otros países del mundo exoneran a los trabajadores del pago de impuestos ante la evidente imposibilidad de pagarlos en medio de la crisis, en México no sólo se continúa cobrando, incluso se elevan los costos. Hay ahora más de dos millones de mexicanos a quienes se les ha cortado la luz por falta de pago, y millones que no tienen un pan que llevarse a la boca. A todos ellos el presidente les contesta, con su lógica particular y bajo una sonrisa cínica: no tienen hambre, son conservadores y por eso me atacan.

Es inútil pedir lógica a un fanático y sensatez a un loco. Ya no se trata de convencer al enajenado, tampoco a sus hordas de fervientes adoradores que, sin considerar la realidad, siguen presos del delirio. Ellos sólo perciben con fe y no con razón. Nuestra tarea consiste en abrir ojos, despertar conciencias y llevar luz donde sólo hay oscuridad. Debemos hacer un frente común todos los mexicanos. Organizar a los que en medio de la crisis padecen los estragos del hambre y la pobreza, a los pequeños empresarios que se ven asfixiados por los impuestos, a los miles de trabajadores que se han quedado sin trabajo, a los hombres del campo, a los vendedores ambulantes, etc. Hacer consciente al mexicano que está en sus manos transformar la realidad y rescatar al país de la catástrofe social a la que un hombre trastornado por el poder y su partido lleno de sumisos aduladores nos empujan.


Abentofail Pérez es historiador por la UNAM e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.

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