| Por Miguel Alejandro Pérez

A casi dos años de transformación cuaternaria, parece no sólo posible, sino oportuno, precisar las características distintivas del obradorismo, considerado como una especificidad determinada más allá de sus frecuentes salidas de tono, contingencias y casualidades que, por otra parte, no expresan más que una necesidad intrínseca, esto es, la ley interna que lo determina de “cabo a rabo”, tanto en su estructura general como en sus eventualidades.

De entrada, cabe advertir que el obradorismo presenta distintos aspectos contradictorios entre sí, almodrote que parece no admitir un criterio armónico y que, al propio tiempo, explica la divergencia de opiniones al respecto. Por esto, algunos han creído ver en el “asistencialismo” su rasgo distintivo, mientras que otros han destacado su “populismo”, no importa si positiva o peyorativamente; otros más, en cambio, han llamado la atención sobre la mística religiosa y el “mesianismo” demostrados en repetidas ocasiones por el actual presidente de la República, sin olvidar a quienes han señalado la relevancia de su discurso “anti-corrupción”, fundado en una lectura “moralista”, más bien “moralina”, de la historia nacional.

Sin lugar a dudas, “asistencialismo”, “populismo”, “religiosidad mesiánica” y discurso moralizante “anti-corrupción” conforman cuatro aspectos preponderantes del obradorismo, pero que, tomados por separado o en conjunto, no expresan su raíz determinante, su “ley intrínseca”. Mientras tanto, unos pocos han destacado la importancia de su concepción de las masas, característica muy soslayada que, no obstante, determina su organización general y explica sus manifestaciones más evidentes, es decir, que lo define de “cuerpo completo”. De esta manera, el obradorismo aparece como lo que más es, una ideología definida por cierta concepción de las masas populares, del “pueblo” y de su papel en la historia.

Con todo, el obradorismo no comporta ni un sólo gramo de originalidad en su concepción de las masas, sino que aparece como un subproducto ideológico, un amasijo cuyos rasgos primordiales derivan, cuando menos, de dos tradiciones, una externa y otra interna: la primera, de origen europeo, comprende distintas filosofías anti-masas elaboradas entre los últimos años del siglo XIX y las primeras décadas del XX; la segunda, de origen nacional, hunde sus raíces en la historia mexicana, marcada a partir de la revolución de 1910 por el problema de las “masas”.

En Europa, la cuestión de las masas adviene hacia el último cuarto del siglo XIX. Desde entonces aparecen filosofías aristocratizantes que manifiestan hostilidad por la “muchedumbre”: v. gr., Nietzsche en Alemania, Ortega y Gasset en España… La fobia por el “vulgo”, por la “multitud”, opone “masas” e “individuo”. En términos generales trata de distinguir, de “salvar”, al segundo de las primeras, aunque no a cualquier individuo, sino a los “grandes hombres”, las personalidades “señeras”: en una palabra, a las élites, a las castas. A fin de cuentas, la hostilidad adquiere las características de una auténtica cruzada contra las ideologías “obreristas” como el socialismo, so pretexto de que todas por igual pretenden instaurar una sociedad uniforme, indiferenciada, aboliendo escalafones y jerarquías sociales.

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En nuestro país, la misma problemática cobra una relevancia incuestionable con el advenimiento de la revolución mexicana. Antes de 1910, las masas figuran en las distintas lizas locales (Independencia, intervenciones, Reforma…) como comparsa de diversas minorías (partidos, logias, bandos), de guisa que la historia mexicana del siglo XIX aparece como una historia de las élites nacionales y de sus conflictos, de minorías relevantes secundadas por multitudes históricamente irrelevantes, de segunda o hasta tercera importancia. La revolución mexicana representa un punto de inflexión al respecto, puesto que discurre ya bajo el signo de las masas populares. No por otra razón, la “revolución hecha gobierno” tiene que incluir una “política de masas” como capítulo obligatorio, “como quien se encuentra en medio de una tempestad y no tiene más remedio que acudir al pararrayos para precaverse de las descargas eléctricas”. De esta suerte, el PNR, el PRM y el PRI las subsumen a las estructuras del partido oficial, igual que el Eolo de la mitología griega, quien cumplía la tarea de reprimir en una cárcel a los vientos, asegurándose de regular y de administrar su fuerza inconmensurable que, de otro modo, provocaría grandes tempestades y tormentas, alterando el cosmos e imponiendo el caos.

La estrategia de “masas” de la “revolución institucionalizada” complementa la concepción “anti-masas” de las filosofías europeas aristocratizantes. Así como el “rechazo” de la “muchedumbre” uniforme por parte de las segundas no expresaba más que un temor acendrado por su unidad en potencia, la “política de masas” de la “revolución hecha gobierno” no revelaba más que un miedo cerval a la posibilidad de que las masas en sí (indiferenciadas) sirvieran de base a las masas para sí (diferenciadas, unidas), aprensión por la posibilidad de que los “vientos del pueblo” soplaran sin la intervención reguladora del Eolo nacional. La concepción obradorista de las masas expresa la misma perspectiva. Como las filosofías “anti-masas”, el obradorismo no comprende un rechazo de las masas desorganizadas, del pueblo en abstracto, sino de las masas organizadas; como la estrategia eólica de la “revolución institucionalizada”, el obradorismo expresa la necesidad de escamotear la organización de las masas a través de una ideología expectante que las mantenga al margen de la historia con la promesa de una transformación inminente, que las mantenga supeditadas al criterio e intereses del mismo obradorismo.

De este modo, la ideología obradorista descubre las líneas distintivas del morenismo como ideología de la 4T. Cierto que más de uno ha subrayado el supuesto error de identificar al obradorismo con MORENA. Pero aparte de que el morenismo no incluye más ideología que el obradorismo (hasta ahora no hay, por decir algo, un noroñismo —por fortuna para todos, empezando por el propio Noroña— o un monrealismo, sino que Noroña, Monreal o cualquier otro aceptan el canon obradorista), cabe señalar que casi todos los protagonistas de la 4T comulgan con el credo ideológico del obradorismo. Por esto, uno comparte las características del otro, con la única diferencia de que, de vez en vez, uno que otro morenista resulta más obradorista que el propio Obrador.

En resumen, el morenismo presenta el mismo perfil que el obradorismo. Igual que el segundo, el primero aparece como un sub-producto ideológico determinado por una concepción pasiva e inmovilista de las masas, concepción que explica, a su vez, su actitud mesiánica, a partir de la cual casi todos sus integrantes se proyectan como redentores de una multitud inerte que ha estado esperando, in sécula seculórum, su advenimiento salvador. La misma perspectiva determina su mística religiosa y su propensión por la milagrería social, al tiempo que esclarece su preferencia por el “asistencialismo” como política social por antonomasia. El “populismo” morenista también encuentra una explicación de fondo en la concepción obradorista de un pueblo pasivo e inerte, receptor natural de la caridad social dispensada por una minoría que ha sido “moralizada” por el Verbo esperanzador, rasgo que explica la relación obradorista-morenista con el pueblo, relación superficial, epidérmica, marcada por escenificaciones que muestran, por ejemplo, al presidente López Obrador compartiendo banqueta con un campesino, en una cercanía aparente, puramente espacial, que oculta la distancia real, social, entre ambos; por esto, los baños de pueblo resultan tan indispensables para el morenismo como los baños de sol para un enfermo. De la misma manera, el “combate contra la corrupción” revela el proyecto de conseguir una “revolución cupular”, una revolución “desde arriba” que “sólo necesita de un caudillo sabio y todopoderoso para su triunfo y consolidación”, evitando a toda costa la participación de las masas organizadas.

De esta manera, obradorismo y morenismo representan una sola ideología, un mismo sub-producto ideológico que, en el contexto actual, cumple la función histórica muy precisa de evitar la organización independiente del pueblo de México, de deshacer la unión y la educación política que ha logrado hasta ahora, ideología basada en una concepción “anti-masas” que le asigna al pueblo un papel pasivo, relegándolo a un segundo plano, concepción que, por otro lado, determina los rasgos más evidentes del régimen de la 4ª T, sus características “asistencialistas”, “religiosos”, “moralizadores” y “populistas”.


Miguel Alejandro Pérez es historiador por la UNAM e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.

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