| Por Victoria Herrera

Max Weber formuló la disyuntiva. El político actúa; el científico reflexiona. El primero se ocupa; el segundo se preocupa. De tal manera ambas prácticas han quedado separadas en dos compartimentos excluyentes. Asimismo, Ortega y Gasset sostuvo una opinión similar. En un breve estudio sobre Mirabeau aclaró que su interés obedecía a que siempre “había creído ver en Mirabeau una cima del tipo humano más opuesto” al suyo; él, Ortega, era un pensador, “nada capaz para la política”; en Mirabeau, en cambio, presumía “algo muy próximo al arquetipo del político”. A los ojos de Gasset, Mirabeau era “el político por la gracia de Dios, el hombre de Estado nato”, así como Stendhal era “el mejor narrador que existe, el archinarrador ante el Altísimo”. Poco o nada ha cambiado al respecto. Hasta nuestro días persiste la noción de que el político tiene que cumplir la característica de ser un hombre de acción, “de armas tomar”; mientras que el hombre de ciencia debe presentar, según la misma perspectiva, el perfil opuesto: reflexivo, cerebral, reposado… Pocos hombres han logrado conciliar las dos esferas; pero tales casos, más que como demostraciones de la posibilidad e incluso de la necesidad de unir ciencia y política, han sido tomados como excepciones, singularidades que confirman la regla: política y ciencia, agua y aceite.

Guardando las distancias —no sólo temporales, sobre todo intelectuales—, López Obrador ha manifestado una concepción parecida. No pocas veces ha opuesto la actividad política a la científica; entre otras cosas, ha insinuado que el político no responde a criterios científicos tanto como a imperativos morales, a consideraciones o impulsos religiosos o, ultimadamente, a la simple voluntad, a prueba de balas, de cambiar la realidad a cualquier precio. Por motivos análogos, ha establecido asociaciones rudimentarias, antinomias rupestres: neoliberalismo, malo, diabólico, ¡fuchi, guácala!; neoliberalismo = ciencia, científicos; ergo, ciencia: mala, científicos: malos, ¡fuchi, guácala! Como se ve, la fraseología ha sustituido al conocimiento racional (histórico, objetivo) del mundo, todo con base en un método extemporáneo, anacrónico, que establece relaciones maniqueas. 

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Para López Obrador la ciencia resulta punto menos que innecesaria, casi un lujo. Así se comprende que, en ciertas ocasiones, haya asegurado que “el pueblo” no necesita, por poner sólo dos casos, ingenieros para construir un puente, o arquitectos para levantar una casa; así también que en otras circunstancias haya dicho que extraer petróleo no exige más ciencia que escarbar un agujero en la tierra, ocurrencia que, acaso, abra una ventana laboral para los topos excavadores o cualquier otra clase de mamífero subterráneo, pero que, en cualquier caso, coloca a los especialistas del ramo en una situación precaria.

En suma, se asume que la necesidad de contar con los servicios de la ciencia y el auxilio de los científicos pertenece a la perspectiva tecnócrata del antiguo neoliberalismo “prianista”, a la lógica del “viejo régimen”, término que, dicho sea de paso, quienes integran la 4T gustan repetir a la menor provocación, con la intención de subrayar la supuesta novedad de los tiempos actuales, maniobra discursiva que, en realidad, no tiene más objeto que convencer a los propios protagonistas de la 4T de que su empresa transformadora no constituye una vacilada, a pesar de que presenta los rasgos inconfundibles de una comedia en la cual los actores pretenden perseguir grandes objetivos; pero la nueva y luminosa época de la 4T comprende un nuevo modo de entender la realidad nacional, manera que, por lo visto, no incluye ni a la ciencia ni a los científicos. De ahí que López Obrador haya incluido a los últimos en el grupo de las “fuerzas conservadoras”; de ahí también que los haya integrado a la lista negra de los enemigos de la “transformación” en curso. El chiste se cuenta solo: la ciencia, partidaria del retroceso; mientras los escapularios, las estampitas, los detente, los caldos picosos, etc., forman en las filas del progreso.

No hay espacio para ahondar en la relación de influencia recíproca que une a la ciencia con la política, a los hombres de Estado con los hombres de ciencia: una complementa a la otra, así como unos complementan a los otros, y viceversa. Por ahora, basta apuntar que el rechazo de la ciencia manifestado por López Obrador no representa un rasgo casual de su proyecto político, por el contrario, constituye su rasgo característico, de modo que, todo el proyecto de la 4T aparece definido por un irracionalismo que invierte e intercambia la realidad. Por una distorsión que confunde efectos (la corrupción) con causas (la desigualdad), que exagera los alcances de su propia actividad tomando retrocesos por transformaciones inéditas.

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Todo esto sin tomar en cuenta la verdadera estatura política del propio López Obrador transformado, por la gracia de la distorsión, en un gigante, en un estadista de época (exageración que, al parecer, él mismo comparte), soslayando su enanismo irrefutable al lado no sólo de Mirabeau, el político arquetípico, sino de varias personalidades de nuestra historia política. Un breve botón de muestra. Gasset explicó que el valor del político “es el valor ante los encrespamientos multitudinarios”, ante los cuales Mirabeau se encontraba como “pez en el agua” encrespada: “si entera la Asamblea nacional se levanta contra él, Mirabeau no se inmuta, no pierde un quilate de su serenidad; al contrario: su mente se aguza, penetra mejor la situación, la hace transparente, la disocia en sus elementos y pasa gentil al otro lado, llevando a la rastra, domesticada, aquella misma asamblea unos minutos antes tan arisca y tan fiera”. López Obrador, en cambio, adopta la actitud opuesta. Si de por sí no penetra ni hace transparentes las situaciones más cotidianas, en las cuales manifiesta, más que la agudeza de un cuchillo, la obtusidad de una roca, ni hablar de los momentos excepcionales: la obtusidad crece, aquí sí se puede hablar de un agigantamiento.

Pruebas sobran, abundan, pero la más contundente de todas incluye a sus propios paisanos. El Profeta estaba en su tierra. Por un lado, la multitud tabasqueña encrespada, enardecida; por el otro, nuestro Briareo, visiblemente incómodo, presa de una ira visceral, fuera de sí, molesto, incapaz de nada excepto de la bravata, de la amenaza infantil: “no voy a hablar, ya saben que yo soy terco…”, episodio que revela la verdadera altura política del Briareo mexicano: ni gran estadista, ni gran orador, ni nada; sin la lupa de la exageración, Briareo recupera sus dimensiones naturales y, en su lugar, aparece Pulgarcito.

En fin, el irracionalismo del proyecto político actual demanda un cambio urgente; reclama la llegada de un proyecto político que incluya orgánicamente a la ciencia, a los científicos, como base inamovible de una transformación verdadera, racional y objetiva, de nuestras circunstancias; que, sin desconocer los compromisos ideológicos de la ciencia, considere que tales compromisos no implican el rechazo del valor objetivo de las verdades científicas, puesto que tomar partido, adquirir un compromiso ideológico correcto, no debiera orillar a nadie a adoptar una posición subjetivista en relación con el problema de las verdades objetivas, científicas, escindiendo ciencia y política, separando a los políticos de los científicos; por el contrario, tomar el partido correcto implica, más bien, la condición de posibilidad de un punto de vista realmente científico, no limitado por un interés egoísta determinado, ni distorsionador de la realidad.

Por último, unir ciencia y política debiera provocar el rechazo contundente de una práctica política voluntarista, declamatoria e ideológica que, como estamos viendo, produce no políticos, sino politicastros obcecados, reconcentrados en sí mismos, necios y reacios a escuchar más razones que las propias, obnubilados por sí mismos tanto como por las alabanzas desmedidas de un séquito de servidores que, a su vez, distorsiona, sobreestima su propio papel; en una palabra, que genera no la acción fecunda, productiva, de un político arquetípico, sino la inanidad, la esterilidad social, de la politiquería en boga, de la nueva democracia bárbara que, como alguna vez escribió José Revueltas, los actuales amos del poder lucen “como el traje de etiqueta con que se viste al chimpancé para su grotesca actuación en el circo de la política mexicana”.


Victoria Herrera es historiadora por la UNAM e investigadora del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.

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