| Por Alan Luna

El modernismo como movimiento filosófico y artístico tiene muchas aristas. Ni siquiera es sencillo delimitar a sus participantes. Lo que se conoce bien son sus orígenes como movimiento crítico del realismo y su tendencia a revolucionar y separarse de esta tendencia artística, pues se creía que el arte no debería aspirar a representar la realidad de manera exacta a como la vivimos, sino transcenderla. Como resultado lógico, hubo dos reacciones fundamentales ante este fenómeno, uno que lo apoyaba y otro que lo criticaba.

Quien lo apoyaba argumentaba que era momento de que el arte se moviera de su sitio actual, que se necesitaba una revolución en donde el arte dijera más cosas que solo las representaciones de la vida cotidiana. Quien lo criticaba veía en esta tendencia un olvido de la forma tradicional de hacer arte. Toda la enseñanza del arte antiguo y todas la técnica hasta el momento aprendidas se veían amenazadas, desde su punto de vista, por esta moderna forma de pensar. Lo curioso en esto es que, por lo regular, unos y otros estaban de acuerdo en un punto: su postura era contraria a la idea del arte comunista.

Los propulsores del modernismo veían que la postura comunista muchas veces protegía y rescataba la tradición cultural, y en este sentido, los identificaban como enemigos del cambio artístico, más cuando esto significaba abandonar toda influencia ideológica de las obras de arte para empezar a poner el acento en la subjetividad del creador. 

Por otro lado, los críticos opinaban que la idea de revolucionar el arte y romper los esquemas es fundamentalmente de inspiración comunista. En efecto, parecen pensar, fueron ellos los que han querido darle una sobre interpretación ideológica al arte al decir que debería crearse arte con más contenido proletario, odiando, por mandato de su revolución, todo el arte aristocrático o burgués, queriendo sepultar de una vez por todas este arte no popular, llevando su idea revolucionaria a niveles absurdos en materia del arte.

Es igualmente interesante cómo estas opiniones de crítica hacia el comunismo en el arte han sobrevivido hasta la actualidad. Desarrollando su teoría del arte, su estética, los modernistas refieren al comunismo como un arte esclavizante, contrario a la libertad del creador. Opinan que el comunismo quiere unificar todas las tendencias ajustándolas siempre a los intereses de clase. Esto detiene la libertad del artista para exponer en su arte lo que le venga en gana. Sin embargo, la teoría que se ha desarrollado en el sentido contrario, de crítica al modernismo, no es de apoyo a las ideas comunistas. Incluso han salido voces reconocidas como la de Avelina Lesper a declarar que “uniformar, igualar, es el comunismo del arte, es la obsesión de que no destaque lo realmente excepcional, es crear una masa informe en la que lo único destacado sea una ideología, no las personas”. Se refería así al arte moderno como una tendencia a borrar todas las diferencias técnicas, y en donde solo el criterio del autor nulificaría la capacidad de reconocer el arte de calidad del resto de las obras.

De todo esto se deduce que la defensa del arte de inspiración comunista no es sencilla. Exige, por un lado, una crítica específica hacia el arte tradicional, sin olvidar el aporte de ese mismo arte, recuperándolo hasta donde sea posible; por otro lado, demanda una propuesta clara que sea la muestra de la revolución artística sin caer en el anarquismo de la subjetividad.


Alan Luna es Licenciado en Filosofía por la UNAM e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.

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