| Por Aquiles Celis

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Después de la década de 1950, en el contexto de la Guerra Fría, hubo un reordenamiento de las instituciones culturales en Latinoamérica. De esta manera los intelectuales impulsaron la creación de espacios literarios de discusión intelectual con posturas políticas renovadas, tal fue el caso del Centro Mexicano de Escritores, fundado en 1951; la Revista Mexicana de Literatura, que vio la luz en 1955; la revista y el centro cultural Casa de las Américas, fundado en 1961; y la Revista Plural, que surgió en 1971. De cierto modo estas instituciones literarias compartieron un marco ideológico político común, pero también se desarrollaron con particularidades dentro de sus temporalidades.

En México, durante el medio siglo surgió una generación de escritores que impulsaron un cambio en la estructura y en los discursos del sistema literario dominado por el nacionalismo cultural revolucionario y que apostaron por un orden cultural basado en pequeños grupos organizados alrededor de fuertes personalidades públicas que se veían a sí mismas como actores sociales independientes con respecto a instituciones del Estado[1].

Una de las instituciones más exitosas que impulsó el desarrollo de las letras fue el Centro Mexicano de Escritores (CME), fundado por la escritora estadounidense Margaret Sheed en 1951. Este sirvió como promotor de grandes figuras de la literatura mexicana como Juan Rulfo, Juan José Arreola, Emilio Carballido, Sergio Magaña, entre otros, y consecuentemente, potenció la novela mexicana dándole un sello de autenticidad frente a la escritura internacional. El experimento fue prolífico y longevo, y aunque no estuvo exento de desequilibrios, perduró hasta 2005.

Desde sus inicios, el CME estuvo expuesto a la polémica por la financiación de la Fundación Rockefeller conseguida gracias a las relaciones diplomáticas del esposo de Sheed (quien fue funcionario del gobierno estadounidense) con esta trasnacional, que a su vez vio con buenos ojos la financiación de estos proyectos culturales, como una forma de ganar terreno y simpatías en América Latina. La relación directa se construyó mediante los nexos de Sheed con Charles B. Fahs, un investigador experto en la cultura japonesa que durante estos años había sido promovido a la división de humanidades de la Fundación Rockefeller para la asistencia financiera.

A pesar del subsidio extranjero, el CME no fue una marioneta de la política cultural de Estados Unidos en América Latina, pero sí fue pensado para entablar relaciones menos invasivas con México y capaces de limar antiguas asperezas. De hecho, Charles Fahs quería dar la visión de un centro mexicano no estadounidense que pudiera guiar a una mayor comprensión y menor antipatía hacia Estados Unidos[2].   

El Centro Mexicano de Escritores se fundó con la presencia y connivencia de grandes escritores de la escena nacional, como Alfonso Reyes, Rodolfo Usigli, o de renombrados filósofos como Leopoldo Zea, máxima figura del grupo Hiperión. Uno de los grandes objetivos consistió en rescatar la mexicanidad de la novelística mediante una renovación del aspecto estético y estilístico, es decir, los lenguajes y los temas de las letras de la época.

En el aspecto político, sin embargo, durante la década de 1950, el CME funcionó bajo la idea del Panamericanismo diplomático sin que se convirtiera en una sucursal de la política estadounidense de la Guerra Fría; tejió relaciones con escritores latinoamericanos y buscó insertarse en congresos de literatura internacionales. Con base en estos lineamientos generales, uno de los trazos de las políticas informales del CME fue no admitir escritores abiertamente comunistas.

La polémica financiación del CME no se constriñó a la Fundación Rockefeller, pues en algún periodo de su existencia recibió fondos de una filial de la CIA que impulsó la participación en el Congreso de la Libertad y la Cultura, un organismo nacido en Europa para el combate de la propaganda soviética. Sin embargo, quizá lo que lo impulsó a buscar su manutención por otros medios fue el objetivo de conservarse como un organismo autónomo al margen del Estado y con dinámicas de publicación y de funcionamientos propios y no dictadas por el ejecutivo mexicano.

“Escritores que impulsaron un cambio en los discursos del sistema literario dominado por el nacionalismo revolucionario, y que se consideraban actores sociales independientes del Estado”.

Contemporánea al CME, la Revista Mexicana de Literatura (RML) comenzó a difundirse en 1955, contó con 12 números y cerró abruptamente en 1957. Esta revista aglutinó a una nueva generación de escritores dirigidos por Carlos Fuentes y Emanuel Carballo[3]. En esta década, la generación de escritores comenzó a considerarse al margen de la influencia del Estado y a impulsar las letras mexicanas desde pequeños círculos nucleados en casas editoriales con participación en revistas literarias incipientes.

La RML, en su afán de mantener su autonomía política, intentó mantener una autonomía económica, se adhirió a las instituciones de financiamiento privadas y, por otro lado, logró algunas subvenciones gubernamentales, pero solo mediante las influencias personales de la red en que estaban insertos sus miembros. Como alternativa al mecenazgo del Estado, los escritores buscaron una economía redituable entre escritores, editores, libreros y lectores que fuera lo suficientemente sólida para garantizar su reproducción.

Durante este periodo, en el ámbito estrictamente nacional, los intelectuales observaban una contradicción entre el orden constitucional del país y la modernización que experimentaba. En otras palabras, la Revolución como contrato social y su discurso doctrinal populista estatizado en la década de 1930 se agotaba progresivamente, así como la relación del intelectual con el Estado.

Así pues, el cambio de paradigma del intelectual mexicano se dio en estas décadas. Hasta el medio siglo, el Estado preparaba a sus propios intelectuales. En su proceso de consolidación, incorporó a la literatura como un servicio público con una misión social: el letrado era instruido por los aparatos culturales estatales y aun cuando careciera de fortuna personal podría realizar una carrera exitosa a condición de poner sus conocimientos a la disposición pedagógica del Estado[4].

Sin embargo,a partir de 1950 los intelectuales comenzaron a agruparse en sociedades literarias con nuevas perspectivas estéticas y políticas. El perfil social ya no correspondía con el papel de los intelectuales orgánicos anteriores. En esta nueva coyuntura los escritores pertenecían mayormente a una clase media, de familias ligadas a los circuitos culturales, con estudios formales y que coincidían en un microclima reforzado por lazos de amistad y afinidades ideológicas. El intelectual desde esta perspectiva debía asumirse como una figura autónoma determinada a ejercer la crítica de los asuntos públicos[5].

En la RML convivieron escritores con este perfil que consideraban que una sociedad literaria desarrollada y moderna implicaba el (re)conocimiento de modernos lenguajes literarios y modelos de creación literaria renovados. Consideraban asimismo imperante el vincularse con escritores extranjeros para conocer técnicas literarias más efectivas y salir de la autocontemplación y de los temas manidos de las letras contemporáneas, lo que suscitó una polémica entre los partidarios del nacionalismo y los afines al cosmopolitismo.

Esta ruptura en el ámbito estético significó una ruptura en el ámbito político, pues la crítica al nacionalismo se trasladó a la crítica a la relación del Estado con la cultura, ya que desde su perspectiva las letras habían estado supeditadas y reguladas por un Estado corporativo y autoritario. La renovación de las letras, pues, debía estar acompañada de la renovación del papel del Estado en la nueva coyuntura de la Guerra Fría.

Desde la Revista Mexicana de Literatura, la línea editorial se pronunció por un distanciamiento de la URSS y de EUA, “de los crímenes del estalinismo, del anticomunismo macartista y a favor de los movimientos populares de liberación nacional.”[6] El liberalismo histórico de México debería ponerse al servicio del refrendo de las libertades públicas, reforzar su compromiso de justicia social y enarbolar una política internacional contraria a los intereses soviéticos o imperialistas en América Latina: “una forma política que coincida con las fórmulas políticas y económicas de los pueblos integrantes de la entonces llamada Tercera Vía”[7].

“A partir de 1950 los intelectuales comenzaron a agruparse en sociedades literarias con nuevas perspectivas estéticas y políticas”.

La nueva coyuntura estuvo influida por la Revolución Cubana. Después de 1959 la política literaria estuvo marcada por la identificación de los escritores latinoamericanos y el organismo vinculante fue la revista y el centro cultural llamado Casa de las Américas, publicación bimestral que apareció por primera vez en junio de 1961, dirigido por Haydeé Santamaría y posteriormente por Roberto Fernández Retamar. De esta forma “la Casa de las Américas fue un centro gravitatorio crucial para la generación y consolidación de la red letrada latinoamericana de las décadas de 1960-1970.”[8]

El proceso de irrupción y desarrollo de la institucionalización cultural de esta publicación corrió en paralelo o potenció el Boom Latinoamericano, fue un agente sumamente importante para posicionar las letras latinoamericanas en el orbe, probablemente por la gran recepción a nivel mundial de la Revolución Cubana y por el fomento de oportunidades a los escritores.

Aun cuando en la isla se adoptó el régimen de partido único y la línea marxista leninista, el ejemplo de la supeditación del arte soviético al Estado en la URSS sirvió como piedra de toque para no seguir la línea oficialista censora de contenidos o técnicas. A decir de la autora Claudia Gilman, la Casa de las Américas “se esforzó lo que pudo por no se estatal; su éxito se debió en gran medida no a que conciliasen el discurso oficial sino a que no lo hicieran en términos oficiales”[9].

La diversidad de temas y la inicial licencia literaria sin una censura automática fomentó para los editores la ambición de recuperar para lo americano autores, temas y problemas de la poesía beatnick o los novelistas negros. En este contexto es donde vemos un esfuerzo más tangible por construir desde la Revolución Cubana un paradigma ideológico distinto consecuente con los movimientos de liberación nacional, lo que inicialmente representó una esperanza “para toda una franja de la izquierda revolucionaria que no se reconocía en las posiciones de Pekín ni de Moscú y que no quería renunciar al socialismo”[10].

Sin embargo, unos años después, con Roberto Fernández Retamar a la cabeza, hubo un endurecimiento de la línea oficialista, lo que le restó afinidades desde el ámbito intelectual y mermó el éxito inicial de Casa de las Américas como organismo aglutinador de una alternativa de las ideas políticas.

Una década después, y ya con el gradual desencanto de la Revolución Cubana, se fundó en 1971, en México, la Revista Plural, estrechamente vinculada al periódico Excélsior. Esta revista tuvo como uno de sus principales colaboradores a Octavio Paz quien se desempeñó como la máxima figura literaria pero también como su principal ideólogo político.

La época más prolífica y de más importancia fue de 1971 a 1976, época en que coincidieron Scherer a la cabeza de Excélsior y Paz como representante de Plural. La coyuntura política había cambiado pues en este tiempo México se debatía entre la guerra sucia del Estado mexicano y la irrupción de la guerrilla. La posición de Octavio Paz a título personal, pero de Plural como institución, fue la condena de la violencia como praxis política y apostaba por la democratización, lo que se traducía como un abierto rechazo de las acciones guerrilleras, pero también (sobre todo) de la violencia sistemática del Estado.

Plural se fundó durante el mandato de Luis Echeverría Álvarez y quizá fue el espacio nacional en el cual los participantes expresaron con más soltura y nitidez sus posturas políticas. La discusión y la crítica, según John King, fue la naturaleza de la revista: la crítica al gobierno nacional y del papel del escritor en México fue común en los textos de los literatos. En esta plataforma se llevó a cabo una discusión en torno al papel del intelectual y su relación con la política, entre Carlos Fuentes -que defendía la presidencia de Luis Echeverría Álvarez, y consideraba que en esa coyuntura específica el papel del escritor debería ser el papel de un crítico con el firme propósito de impedir el ascenso de la extrema derecha- y Gabriel Zaid, que junto a Octavio Paz mantenía una abierta discrepancia con el gobierno en turno y defendía la independencia del intelectual frente al estado como la máxima garantía contra la censura o la subsunción de la literatura a la política.

Las ideas políticas expuestas por Octavio Paz en este medio no fueron necesariamente compartidas por todos los miembros de Plural ni funcionaron como línea editorial para expulsar dogmáticamente a la disidencia, pero las expresó de distintas formas, por ejemplo en una carta abierta a Adolfo Gilly por la publicación de su libro La Revolución Interrumpida, en donde apeló volver a la tradición cardenista y consolidar las tres grandes conquistas de la Revolución Mexicana: el ejido, las empresas públicas y los sindicatos obreros independientes. Asimismo, se mostró receptivo a la coalición de Demetrio Vallejo y Heberto Castillo para formar un frente popular independiente del sistema de partidos[11].

Los principales blancos de ataque de Paz fueron la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, por su autoritarismo represivo, y posteriormente Cuba, por la censura a los intelectuales disidentes o inconformes y por la falta de libertades individuales, pues a juicio de Plural el socialismo en América Latina debía ser capaz de distribuir el ingreso y garantizar la libertad[12].

Por lo demás, las ideas políticas de Paz no eran las únicas que tenían eco en la revista y dentro de ella se comenzaron a publicar diferentes posturas, como es el caso de Monsiváis, quien pensaba el impulso democrático en el marco del movimiento estudiantil o el movimiento campesino independiente[13]. De igual forma Plural fue el espacio para la difusión de interpretaciones novedosas del marxismo alejadas de la órbita soviética, por ejemplo, el Número 158, publicado el 9 de agosto de 1972, reunió una serie de artículos escritos por Enrique Krauze, Héctor Aguilar Camín, Héctor Manjarrez y Carlos Pereyra, en los cuales “articulaban la perspectiva gramsciana del intelectual orgánico buscando respaldar la lucha popular contra la independencia y el subdesarrollo”[14].

La crítica a la URSS o a Cuba no significó en Plural la subsunción a la política imperialista estadounidense o la simpatía por las dictaduras de seguridad nacional en América Latina y se rechazaron abiertamente estos procesos antidemocráticos. Desde esta perspectiva, en Plural se dio apertura a nuevas discusiones políticas provenientes de Europa, pues Paz reivindicó la postura del Parido Comunismo Italiano que proponía una vía al socialismo que debía incluir a los socialistas, a los grupos de izquierda, a las clases medias y a los demócratas cristianos[15].

De estas instituciones culturales podemos identificar algunas características en común que nos hablan de un desarrollo ideológico similar y la búsqueda de un nuevo paradigma político alejado de la órbita soviética y del imperialismo norteamericano y más cercano al desarrollo de una política independiente que recuperara la distribución del ingreso y la garantía de las libertades individuales al mismo tiempo, y no hacerlas valores excluyentes.

A manera de conclusión podemos observar que mutatis mutandis, todas las revistas mexicanas tuvieron vías de financiación alternativa, pero ninguna fue una institución mantenida por el Estado mexicano. Esto nos refiere a que cada una de las publicaciones, con sus diferencias internas, implementó una búsqueda consciente de autonomía política y un salto de la censura estatal.

Asimismo, las políticas compartidas contrarias al Estado mexicano y al imperialismo, como la Revista Mexicana de Literatura; contrarias a la órbita de Moscú, caso del Centro Mexicano de Escritores o Plural; o frontalmente antiestadounidenses y antiimperialistas, como Casa de las Américas; y del tránsito a la democratización o defensa de las libertades individuales; las sitúa en una autonomía política cercana a la Tercera Vía o al debate por el paradigma de la izquierda.


Aquiles Celis es historiador por la UNAM e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.

Bibliografía y referencias

GILMAN, Claudia. “Casa de las Américas” (1960-1971): un esplendor en dos tiempos”, en Historia de los intelectuales en América Latina. Los avatares de la “ciudad letrada” en el siglo XX. Buenos Aires: Katz Editores, 2010. pp. 285-300.

IBER, Patrick. “The Cold War Politics of Literature and the Centro Mexicano de Escritores”, Journal of Latin American Studies 48, Cambridge University Press, 2015. pp. 247-272.

KING, John. Plural en la cultura literaria y política latinoamericana. De Tlatelolco a “El ogro filantrópico”. México: Fondo de Cultura Económica, Colección Vida y Pensamiento de México, 2011. pp. 127-176.

MARTÍNEZ CARRIZALES, Leonardo. “Revista Mexicana de Literatura. Autonomía literaria y crítica de la sociedad”, Tempo social, Revista de sociología da USP v. 8, num. 3, Sao Paulo, 2016. pp. 51-76.

[1] John King, Plural en la cultura literaria y política latinoamericana. De Tlatelolco a “El ogro filantrópico”, México, Fondo de Cultura Económica, 2011, p. 52.

[2] Patrick Iber, “The Cold War Politics of Literature and the Centro Mexicano de Escritores”, Journal of Latin American Studies, No. 48, Cambridge University Press, 2015, p. 257.

[3] Leonardo Martínez, “Revista Mexicana de Literatura. Autonomía literaria y crítica de la sociedad”, Tempo social, Revista de sociología da USP v. 8, num. 3, Sao Paulo, 2016, pp. 57-60. Durante un apartado de la lectura el autor traza una serie de diferencias en el recorrido de ambos autores, pero también ciertos paralelismos en las afinidades literarias y en su planteamiento de la necesidad de una apertura hacia el cosmopolitismo y la revaloración de la figura del intelectual.

[4] Ibid, p. 58. En el paradigma de intelectual que había desarrollado esta conciencia colectiva, el autor reconoce por ejemplo a Alfonso Reyes, Jaime Torres Bodet, José Mancisidor, Genaro Estrada, José Gorostiza o Xavier Icaza.

[5] Ibid, p.66.

[6] Ibid, p.65.

[7] Ibid, p.66.

[8] Claudia Gilman, “Casa de las Américas” (1960-1971): un esplendor en dos tiempos”, en Historia de los intelectuales en América Latina. Los avatares de la “ciudad letrada” en el siglo XX, Buenos Aires, Katz Editores, 2010, p. 288.

[9] Ibid, p. 290.

[10] Ibid, p. 294.

[11] John King, Op. Cit., p.148.

[12] Ibid, p. 161.

[13] Ibid, p.137. El autor apunta que la discusión de Carlos Monsiváis con los defensores del echeverrismo puede encontrarse desde tiempo atrás, pues había asumido una postura explícitamente opuesta a los intelectuales liberales del régimen.

[14] Idem.

[15] Ibid, p.166. Podemos observar una ruptura absoluta de Octavio Paz con el centralismo democrático leninista, pues mientras Breznev atacaba a los países comunistas de Europa Occidental por este cambio de paradigmas, Paz se sintió atraído por el pensamiento independiente de la política italiana.

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