| Por Miguel Alejandro Pérez

Algunas voces descalifican de un plumazo todas las opiniones que relacionan la pandemia actual con la política. Los grandes empresarios desean que nadie politice la crisis sanitaria y los propios políticos del régimen en turno quieren que nadie la ligue (¡ni por error!) con la política. Pero la situación ha tomado un cariz tal que no reclama otra cosa más que la politización inaplazable de la pandemia.

Claro que la política goza de mala fama y que provoca un rechazo instintivo. Pero los grupos sociales desfavorecidos deben saber que la repulsa instantánea hacia la política ha sido avivada precisamente por los grupos favorecidos. La ínfima minoría satisfecha con un estado de cosas que la favorece mientras desfavorece a las grandes mayorías fomenta la fobia por la política con la intención bien calculada de vencer de antemano a los sectores desfavorecidos. Los privilegiados por una situación cualquiera instilan en la cabeza de los sojuzgados una aversión íntima por la política y así los vencen sin necesidad siquiera de entablar combate con ellos. Los derrotan a priori porque los sojuzgados se derrotan a sí mismos antes aún de romper lanzas con los opresores.

La política —sin embargo— representa una característica exclusiva del ser humano. No por otra razón Aristóteles señaló que “el hombre es por naturaleza un politikón zoôion” (un ser viviente que pertenece a una pólis —término que designa a la vez la sociedad y la comunidad política: un “animal cívico” o un “animal social”). Y no por otra cosa el mismo Aristóteles afirmó también que “el insocial por naturaleza y no por azar es un ser inferior o un ser superior al hombre”: una bestia o un dios. Así que cuando los hombres renuncian a la política renuncian al rasgo que los distingue de los animales (ya que la opción de devenir en una divinidad resulta ridícula en la época contemporánea). De aquí que cuando los desfavorecidos por la sociedad renuncian a la política renuncian al mismo tiempo a la única posibilidad de transformar y organizar la sociedad de un modo que corrija la desigualdad social. Renunciar a la política quiere decir aquí asumir una actitud de indiferencia (de pasividad bestial) y eliminar la posibilidad de revertir la situación que los coloca en una posición de incertidumbre y desventura. Casi todo el mundo sabe que la indiferencia representa el “peso muerto de la historia” (Gramsci) y los desfavorecidos por la sociedad no pueden rechazar la política sin pasar a ser un fardo histórico que no deja de operar a pesar de todo: que “opera pasivamente, pero opera”. La indiferencia “es la fatalidad”.

¡Por supuesto que la propalación del COVID-19 exige una posición política! La exige porque “vivir significa tomar partido” y porque “quien verdaderamente vive no puede dejar de ser ciudadano y partisano”. El propio Gramsci advirtió que nada de lo que sucede en la “cadena social (…) es por acaso, ni producto de la fatalidad, sino obra inteligente de los ciudadanos”. Cierto que el momento actual reclama una perspectiva política. Pero exige una mirada que adopte el punto de vista de las grandes mayorías insatisfechas e inconformes con un modelo económico que las desfavorece y que sólo compensa las ambiciones sin fondo de una minoría ridícula. Urge que los pobres de México “saquemos raja política” (¡oh, sacrilegio!) de la crisis sanitaria y que la saquemos incluso a riesgo de herir las delicadas susceptibilidades de algunos privilegiados (quienes por otra parte seguramente sabrán comprender y perdonar la inmoralidad de “no querer seguir siendo vasallos” y de “temerle más que a la muerte a esta vida amarga que llevamos”). Y después de todo “politizar” la crisis sanitaria desde el ángulo de los grupos sociales desfavorecidos no comporta el significado filisteo que el mismo concepto adquiere en la jerga de los políticos privilegiados que —cual el león del dicho— creen que todos son de su condición. “Politizar” en el caso de los desfavorecidos no significa la caza tan judaica como vil de privilegios económicos efímeros ni sigue la regla que promete ingentes ganancias a los pescadores que aprovechan la revoltura de los ríos.

Urge que “hagamos leña del árbol caído” (¡oh, herejía!) y que tomemos nota tanto del comportamiento mezquino y no solidario como de las medidas paupérrimas de las principales figuras de un gobierno impostor que llegó al poder con el lema de colocar en primer plano a los que hoy —en circunstancias críticas—relega a un tercer y hasta cuarto nivel al tiempo que los abandona a su propia suerte. Bien dice la expresión: “en momentos difíciles conoces a tus verdaderos amigos”.

¿Y por qué no? ¿Por qué no politizar una crisis que las minorías favorecidas politizan desde el momento en que reclaman (ahora sí) el gesto hipócritamente humano y solicitan la cortesía moralina de no vincular la pandemia con la política? Despolitizar la pandemia constituye ya un acto de politización de la misma. Pedir (con una pudicia y pudorosidad inverosímiles e inexistentes en tiempos menos tempestuosos) la no politización de la pandemia constituye ya una estratagema sutil que de una u otra manera coadyuva a no modificar ni una sola coma del modelo económico actual (a pesar de las hilarantes declaraciones del presidente López Obrador respecto a la defunción del neoliberalismo. Ya dijo alguien que la “superación” de un fenómeno “no es un problema que se resuelva en el plano de las controversias teóricas, sino en el terreno mucho más concreto de la práctica histórica de las sociedades”. Nadie —ni el más gritón de los hombres— puede resolver un problema que pertenece a la práctica con declaraciones… por más altisonantes y grandilocuentes que resulten).

La despolitización de la crisis propicia la conservación de la situación que nos ha llevado a la inhumana disyuntiva de respetar la cuarentena o morir de hambre. Urge entonces que (de acuerdo con una vieja frase) el pueblo de México se asuste de sí mismo para infundirse ánimo. Que se asuste de su propia pobreza. De la pobreza que la crisis sanitaria ha sacado a flote y de la cual distintos datos duros (cualquiera puede constatar algunas cifras en relación con la escasez de agua en las  regiones marginadas del país o los millones de hombres y mujeres que dependen de la economía informal) y miles de testimonios de víctimas directas de la tragedia social (tal vez el más popular involucra a la yerbera que ganó fama por la crudeza coloquial de sus declaraciones pero casos parecidos abundan en todas las redes sociales) apenas ofrecen un reflejo empalidecido y apenas alcanzan a descubrir la verdadera magnitud de la problemática.

Los desfavorecidos por la sociedad en turno tenemos que espantarnos de nosotros mismos a fin de infundirnos el ánimo necesario para llevar hacia adelante la cirugía social que exige el organismo enfermo del país. La pandemia representa una oportunidad (una más) de reconocer que México requiere una cirugía mayor y también de advertir de una vez por todas que las principales figuras del partido en el poder integran una punta de curanderos sociales capaces tan sólo de aplicar emplastos y de administrar sucedáneos que —en el mejor de los casos— no generan más que un efecto placebo que proporciona un alivio provisional e individual a los dolores del pueblo pero que mantienen intactas las raíces de la enfermedad social. De advertir por tanto que la partida de brujos de Catemaco que componen la primera plana del régimen morenista resulta incapaz de practicar la cirugía histórica que exige a gritos la presente coyuntura. 

Hoy miles y miles de ciudadanos reclaman en todos los estados de la República la implementación impostergable de un programa nacional de alimentos que permita a quienes viven al día sobrellevar las penurias materiales impuestas por la crisis sanitaria. La respuesta ha sido nula. Puertas cerradas y oídos sordos a una petición única en todo el país y que pretende ayudar a cubrir las necesidades de entre 70 y 80 millones de connacionales que “se quedarían sin ingresos y sin qué comer” en caso de respetar la cuarentena (véase por ejemplo http://www.antorchacampesina.org.mx/noticias.php?id=70404&fbclid=IwAR29ulwiswPJ4F5TtbY37PHNmdWq9uI9TtfkbDwOTwQnW_l1KMEiRyfKS4A#.XpcrCagzbIV). La sordera oficial recalca otra vez la necesidad de politizar la pandemia desde la perspectiva de los sectores sociales desprotegidos y desamparados. Reluce de nueva cuenta la urgencia de modificar las bases de un modelo económico en el que sólo el trabajo produce riqueza y constituye la única fuente del valor al tiempo que los que trabajan y producen se empobrecen en la misma medida en que acrecientan el mundo de los objetos producidos.

La sordera de los políticos tradicionales (y casi todos los integrantes de MORENA pertenecen al honorable grupo de hombres de Estado y estadistas con una larga tradición que pisar) recalca de nuevo la necesidad de trastocar los fundamentos de un modelo económico enfermo en que el mundo de los objetos adquiere independencia y personalidad a la vez que el individuo que trabaja extraña la primera y carece de la segunda: resulta en pocas palabras un objeto dependiente e impersonal. Destaca la urgencia de subvertir un modelo decrépito y escleroso dentro del cual el trabajo vivo sólo significa un medio para multiplicar el trabajo muerto.

La pandemia resalta en fin la necesidad insoslayable de construir un modelo que coloque el presente sobre el pasado. Un modelo económico nuevo que asuma el principio de que el trabajo muerto (el trabajo acumulado) sólo puede ser “un medio para ampliar el proceso vital de los trabajadores, para enriquecerlo, para favorecerlo”. Uno que no coloque el trabajo muerto por encima del trabajo vivo. Que no ahogue el trabajo vivo en “las heladas aguas del cálculo egoísta”. Que no sacrifique la personalidad y la independencia del individuo que trabaja al universo de los objetos impersonales y dependientes. Que no sacrifique el trabajo vivo en los altares sanguinolentos del Moloch capitalista.

México puede percibir hoy más que nunca la necesidad inobjetable de un partido político preparado para llevar a cabo la cirugía social exigida por las circunstancias. Los mexicanos podemos sentir hoy más que antes la urgencia de una solución política dispuesta a encabezar una transformación radical (de raíz) y que no propenda a implementar una serie de retoques cosméticos y cambios epidérmicos que escamoteen la necesidad de la cirugía mayor. Hoy México vislumbra una encrucijada decisiva: o continúa por el camino del pasado o abandona los miedos seculares y emprende el camino del futuro. O sigue la vía de la “regeneración nacional” (llena de fetiches y escapularios) o abraza la antorcha del porvenir. La segunda vía carece de falsos consuelos y comprende abrojos así como grandes dificultades. Pero a fin de cuentas alguien ya recalcó hace mucho tiempo que el camino de las transformaciones verdaderas no “está sembrado de rosas”… Que tal camino “está cubierto de zarzas y espinas”. Pero él mismo acotó que “aferrándonos al suelo que se nos escapa, con nuestras uñas y nuestros dientes, arrastrándonos, si es necesario, cubiertos de lodo, debemos marchar, a través del fango, hacia delante…”. Y a pesar de todo sólo el segundo camino permite superar el “reino de la necesidad” y abre la posibilidad de atisbar el “reino de la libertad”: el mundo refulgente y “lleno de luces” en el que cesarán por fin los dolores de cabeza y los males históricos del pueblo mexicano. El reino que será como “una pastilla del tamaño del sol”.


Miguel Alejandro Pérez es historiador por la UNAM e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.

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