| Por Jorge López Hernández

Desde hace varios años la desigualdad económica ha ido cobrando espacios en el debate político y en el medio académico, esto debido a que se ha convertido en un grave problema que amenaza la estabilidad económica y social del planeta. El premio nobel de economía Joseph Stiglitz es una de las voces con mayor eco que ha denunciado la polarización económica. En su obra El precio de la desigualdad: el 1% de la población tiene lo que el 99% necesita, expresó de manera contundente las causas y las consecuencias de la desigualdad tomando como ejemplo a EE. UU., además, señaló que la desigualdad avanzaba a pasos agigantados, “en la recuperación de 2009 y 2010, el 1% de los estadounidenses con mayores ingresos se quedó con el 93% del aumento de la renta…hay una clara tendencia a la concentración de ingresos y riqueza en la cima, al vaciamiento de las capas medias y a un aumento de la pobreza en el fondo”. Esta tendencia de la que habla Stiglitz no ha parado, sigue su curso en todo el mundo. De acuerdo con la Oxfam, en 2019 dos mil 153 personas tenían más dinero que cuatro mil 600 millones de personas más pobres del planeta.

La desigualdad en sí misma representa un problema grave, debido a que la distribución desigual de la riqueza provoca, por un lado, que las capas más acaudaladas del planeta (que representan aproximadamente el 1%) vivan en la opulencia; y por el otro, las grandes mayorías, es decir, los trabajadores, no puedan ni asegurar su alimentación diaria, ni mucho menos la salud, la educación y la vivienda. Desde la perspectiva que se quiera ver, este estado de cosas es injusto, inhumano y sobre todo peligroso para la estabilidad política y económica del mundo entero.

Ahora bien, en tiempos de crisis como la que estamos viviendo a causa del Covid-19, se visibilizan en toda su extensión las consecuencias de la desigualdad. Para aquellos que aún siguen pensando que la desigualdad no es el problema fundamental de México, veamos lo que sucede a causa de la polarización económica en nuestro país.

Una de las medidas más eficientes para contener la propagación del virus es poner a la mayoría de la población en cuarentena, esto implica parar la economía del país. ¿Es posible hacer esto en México? La respuesta es no, o al menos no para la mayoría de la población trabajadora. ¿Por qué no? De acuerdo con el INEGI (2020) 31.3 millones de personas laboran de manera informal (sector informal, trabajo doméstico remunerado de los hogares, trabajo agropecuario no protegido, trabajadores subordinados sin seguridad social) lo que significa que si dejan de trabajar también dejan de percibir ingresos. De acuerdo con Julio Boltvinik 91 millones de personas viven en pobreza y de estas, 46 millones en pobreza extrema; toda esta población no puede quedarse en casa, porque si lo hace se queda sin ingresos y automáticamente sin comer, ya que vive al día. Unos pueden quedarse en casa sin complicaciones económicas (qué bueno por este sector) y otros seguirán buscando obtener ingresos para sobrevivir hasta que la autoridad se los impida o hasta que se contagien del virus y estén imposibilitados para salir.  

Otra de las medidas que impulsan las autoridades sanitarias para contener los contagios es lavarse las manos constantemente. Suena sencilla la medida, sin embargo, millones de personas no lo pueden hacer porque carecen de agua potable en sus domicilios. Tan solo en la Cuidad de México se estima que al menos un millón de habitantes no cuenta con agua potable. En todo el país, entre 12 y 15 millones de personas no tiene el vital líquido (UNAM, 2019). Y si agregamos que el 29% de las viviendas en el país no reciben agua todos los días (Boltvinik, 2020), el problema se complica. Vemos pues, que la más elemental acción para conservar la salud como es el lavado de manos está restringida para millones de mexicanos.

Mantener la sana distancia es otra medida recomendada por las autoridades sanitarias, sin embargo, muchas personas no lo pueden hacer, en primer lugar, porque tienen que salir a trabajar, en segundo lugar, porque la mayoría utiliza el transporte público para trasladarse, en tercer lugar, porque muchas de las familias con bajos ingresos viven en hacinamiento (10% de los hogares de acuerdo con el INEGI, y 51.3 millones de personas de acuerdo con Boltvinik). Toda esta población está en alto riesgo de enfermarse y de propagar el virus a causa de la desigualdad y pobreza en la que vive. La llamativa campaña del gobierno federal de tomar Susana Distancia solo puede ser adoptada por una parte de la población.

Otra medida implementada por las autoridades para evitar las aglomeraciones de personas fue suspender las clases y seguir con las actividades académicas en línea. Parece sencillo de llevar a cabo, sin embargo, el sistema educativo público nacional no está preparado para poner en marcha este mecanismo de enseñanza por varias deficiencias, como: “la falta de capacitación docente adecuada en el uso de las TIC´S en la enseñanza cotidiana; precaria adaptación digital de los materiales didácticos que se utilizan de forma presencial para su enseñanza en línea; ausencia de servidores con capacidad suficiente para dar acceso simultáneo a millones de usuarios” (Fernández, M., et al.). A todo esto le agregamos que del total de los hogares mexicanos el 43.6% no cuenta con internet y el 55.7% no cuenta con una computadora (INEGI, 2020). Con este estado de cosas solo podrán acceder a sus clases en línea los estudiantes con mejores condiciones materiales y que estén inscritos en escuelas que cuenten con la infraestructura para dar las clases a distancia. Una vez más, la desigualdad no permite el acceso a la educación a todos los estudiantes.

Las consecuencias de la desigualdad y pobreza que imperan en nuestro país se intensificarán a causa de la pandemia ocasionada por el Covid-19. Millones de familias pasarán por un verdadero viacrucis durante y después de esta crisis sanitaria; aumentará el hambre y la pobreza, la salud se deteriorará, porque millones de personas que sufren enfermedades crónico-degenerativas no podrán ser atendidas en los hospitales (ya de por sí muy precarios en recursos humanos y materiales) por la contingencia sanitaria, muchas Pymes irán a la quiebra por el paro de labores, aumentará el desempleo, en otras palabras, muchos de los males que padece el país se agudizarán. Pero no todo es oscuro, esta crisis es una oportunidad para que la población haga conciencia sobre la situación social y económica en la que vive el país y se disponga a luchar y a exigir un modelo económico que le garantice trabajo, salud, educación, vivienda, y todos los servicios para tener una vida digna. La pandemia es la primera llamada para cambiar este modelo injusto que genera pobreza y desigualdad, en el que millones de personas trabajan para que un puñado de mega millonarios se apropie de la mayor parte de la riqueza que se genera en el país.


Jorge López Hernández es Maestro en Economía por la UNAM e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.

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