| Por Ehécatl Lázaro

“La doctrina de Marx es omnipotente porque es verdadera. Es comprensible y armónica, y brinda a los hombres una concepción integral del mundo”. Así hablaba Lenin, en 1913, de la capacidad que tiene el marxismo para entender el mundo y sus fenómenos como una totalidad. Hoy, a casi un siglo del fallecimiento del genial revolucionario ruso, la teoría desarrollada por Carlos Marx conserva plenamente su vigencia como un pensamiento potente, capaz de explicar los diversos fenómenos de nuestra sociedad. Son varios los analistas que señalan al marxismo como una teoría creada para explicar los problemas propios del capitalismo industrial del siglo XIX, y que, por tanto, nada tiene que decir acerca de cuestiones que en la actualidad han cobrado una relevancia inobjetable, como es el caso de la lucha feminista. Es verdad que en ninguna de sus obras Marx planteó el sometimiento de la mujer al hombre como uno de los problemas cardinales del capitalismo, sin embargo, las líneas generales del pensamiento marxista sí aportan herramientas teóricas que permiten reflexionar sobre el movimiento feminista que sacude al mundo y al país.

En la Contribución a la crítica de la economía política (1858) se encuentra uno de los apuntes más conocidos de Marx, en donde se resume la concepción materialista de la historia desarrollada por el filósofo alemán. Marx dice ahí que “el modo de producción de la vida material condiciona el proceso de la vida social, política y espiritual en general. No es la conciencia del hombre la que determina su ser, sino, por el contrario, el ser social el que determina su conciencia”. Partiendo de esta premisa, Federico Engels -el inseparable compañero de Marx- escribiría años después El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado (1884). En dicha obra, Engels analiza desde la perspectiva del materialismo histórico el origen de estos tres pilares de la sociedad actual y obtiene conclusiones revolucionarias para su tiempo, y que permanecen vigentes aún hoy.

De acuerdo con El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, fue el desarrollo de los medios de producción y de las relaciones sociales de producción lo que revolucionó la sociedad primitiva. El perfeccionamiento de los medios de producción aumentó la productividad y, por tanto, los bienes materiales que conforman la riqueza. Surgió así la posibilidad de que algunos miembros de la comunidad no trabajaran y se apropiaran el producto excedente que generaba el trabajo de otros; la propiedad de los medios pasó de ser comunitaria a individual, se volvió propiedad privada. Se originaron así los poseedores y los desposeídos, los explotadores y los explotados, los opresores y los oprimidos, en una palabra, las clases sociales. Fue necesario entonces un aparato político-administrativo que mantuviera dominadas a las clases explotadas, y que garantizara el funcionamiento ininterrumpido de ese modo de producción. Así surgió el Estado.

Paralelamente a estos procesos, el hombre destronó a la mujer como centro de la vida social. Cuando no existía la propiedad privada de los medios de producción, las clases sociales y el Estado, la comunidad se organizaba en torno a la mujer: las familias se organizaban alrededor de ellas, y eran ellas las que tomaban las principales decisiones del grupo y ocupaban un lugar preponderante en la vida social -tanto así que las primeras deidades fueron figuras femeninas. La entronización del hombre en la sociedad llegó de la mano de la propiedad privada de los medios de producción, pues fue precisamente él -y no ella- el artífice y protagonista de tal apropiación. La familia se organizó en torno al hombre para que este tuviera progenie a la cual heredarle su riqueza, y a la mujer se le redujo a un papel social doméstico: entre los enseres de la casa, uno más, también propiedad de su amo. Así, la propiedad de los medios de producción estaba en manos de los hombres, la familia giraba en torno al hombre, y el Estado se construyó como un aparato de dominación regulado y administrado por hombres. Con el tiempo, también los dioses reemplazaron a las diosas.

“El pensamiento marxista sí aporta herramientas teóricas para reflexionar sobre el movimiento feminista que sacude al mundo y al país”

El confinamiento al que habían sido relegadas las mujeres desde la división de la sociedad en clases, comenzó a cambiar sustancialmente solo con el advenimiento y desarrollo del capitalismo. El desarrollo de medios de producción altamente tecnificados, que no necesitaban gran fuerza física del trabajador, abrió la puerta para que las mujeres comenzaran a integrarse al mercado de trabajo, y pronto muchas de ellas abandonaron el cautiverio del hogar para pasar al cautiverio de la fábrica. Para mediados del siglo XIX, mujeres y niños ya podían hacer prácticamente los mismos trabajos que los hombres. Esta modificación económica en la configuración del mercado de trabajo pronto comenzó a tener un correlato en el plano social y político. Se evidenció primero con los movimientos por el sufragio femenino, que progresivamente fueron logrando el voto para las mujeres en todo el mundo, y posteriormente se observó en una serie de reivindicaciones abanderadas por las mujeres, como los derechos reproductivos, entre otros.

El desarrollo del sistema capitalista ha promovido la integración de las mujeres a la vida económica en todo el mundo. En México la plena integración femenina al mercado de trabajo todavía está lejos de lograrse. De acuerdo con el Banco Mundial, en México solo el 45% de las mujeres en edad de laborar participa en el mercado de trabajo, lo que contrasta con el 85% de los varones de entre 20 y 64 años. Por otro lado, los empleadores pagan a las trabajadoras un salario inferior al de los trabajadores por el solo hecho de ser mujeres. Además, siguen siendo las mujeres las que más tiempo dedican a los trabajos domésticos no remunerados -en promedio tres veces más que los hombres. En resumen, todavía no hay una integración plena de las mujeres a la vida económica, social y política del país, aunque avanza paulatinamente en todos los terrenos.

Pero la plena integración de las mujeres a la economía no terminará con su explotación. Incluso si se considera un escenario en el que el porcentaje de mujeres asalariadas sea similar al porcentaje de asalariados, donde mujeres y hombres reciban el mismo salario por el mismo trabajo, donde hombres y mujeres participen por igual en los trabajos de la casa, donde las mujeres tengan libertad para decidir sobre su cuerpo, y donde la violencia de género haya disminuido al punto que se vuelva estadísticamente despreciable, aún en un escenario con todas estas consideraciones, la mujer seguiría siendo objeto de explotación y sometimiento. Es cierto, ya no serían todas las mujeres, sino solo la mujer trabajadora, quien, en el hipotético caso que planteamos, sería igualmente explotada y sometida que el hombre trabajador, por el hombre o la mujer que posea los medios de producción. Porque la realidad es que entre mujeres también existen las clases sociales.

La verdadera emancipación de la mujer exige la emancipación de toda la clase trabajadora. Para que la mujer proletaria no luche solamente para llegar a ser tan explotada como el hombre proletario, los objetivos de la lucha feminista no solo deben considerar la cuestión del género, que ciertamente es importante, sino también deben apuntar a la superación del modo de producción imperante, pues, en última instancia, es el sistema capitalista el que determina el grado de libertad que puede lograr un individuo. Si la sujeción de la mujer nació con el surgimiento de la propiedad privada de los medios de producción, de la familia y del Estado, puede decirse que concluirá cuando estos tres mismos elementos se agoten históricamente. La liberación de la mujer demanda la construcción de un orden social distinto, que avance hacia esa sociedad sin clases donde no exista la explotación, ni de la mujer por el hombre, ni del hombre por el hombre. En otras palabras, un movimiento que busca la emancipación de la mujer, solo puede ser un movimiento socialista. Para tirar al patriarcado, hay que tirar al capitalismo.


Ehécatl Lázaro es especialista en Estudios Latinoamericanos por la UNAM e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.
ehecatllazaro@gmail.com

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