| Por Ehécatl Lázaro

De acuerdo con la filosofía política liberal, el estado es una entidad creada por un conjunto de individuos libres para preservar sus vidas, sus libertades y sus posesiones. Uno de los exponentes más claros de esta teoría es el filósofo inglés John Locke, quien en su obra Ensayo sobre el gobierno civil desarrolló las principales ideas del planteamiento. Según Locke, en sus inicios la humanidad vivía en un estado de naturaleza, donde todos los individuos eran absolutamente libres e iguales, y no existía más ley que la conciencia de cada quién. Pero esta armonía social era frágil: bastaba que un individuo más fuerte se apropiara de los bienes de otro para que el estado de naturaleza se convirtiera en estado de guerra. Así pues, para evitar la inestabilidad y los peligros que encierra la guerra, los individuos prefirieron renunciar a la libertad absoluta y conformaron una sociedad política con autoridades, leyes y castigos, que garantizaran la protección de sus propiedades. Así surgió el estado.

Pero esta concepción, si bien tiene todavía algunos defensores, en términos generales ha quedado superada. El materialismo histórico cuestiona la idea de que el estado haya nacido por acuerdo de individuos libres e iguales, y de que tenga el objetivo de salvaguardar las propiedades de todos ellos. Para el materialismo, el estado es una estructura creada por las clases dominantes con la finalidad de mantener sometidas a las clases dominadas. Así entendido, los distintos gobiernos de un país no tienen como función cambiar a la clase que controla al estado; su función se limita a hacer que el estado continúe su dinámica ininterrumpidamente. Y así, a partir de las tareas que debe desempeñar un gobierno, se definen los perfiles y características de los partidos políticos que aspiran a “tomar el poder”.

Vemos entonces que los partidos políticos se construyen a partir de las necesidades de un gobierno, y el gobierno se plantea según las necesidades del estado, que a su vez son las necesidades de las clases dominantes de una época. Al revisar la historia de los partidos políticos mexicanos de la Revolución a la fecha, observamos que prácticamente todos comparten una característica fundamental: ninguno se plantea quitarles a las clases dominantes el control del estado, sino que solo proponen distintas formas de gobierno, pero siempre enmarcadas en el estado nacido de la Revolución. La excepción más notable es el Partido Comunista Mexicano, que fracasó en su intento por hacer de México un país socialista, y se convirtió después en el Partido de la Revolución Democrática, un proyecto electoral consumido por las pugnas intestinas y que actualmente tiene un pie en la tumba.

Ahora Morena se presenta como un partido distinto, como un partido que no sigue los patrones que hasta ahora han moldeado a los principales partidos de México. Bajo la máxima de “Por el bien de todos, primero los pobres”, el morenismo se coloca, quizá sin proponérselo así su fundador, como un partido que atenta contra los intereses del estado controlado por la burguesía mexicana. Al no buscar —al menos en el discurso— la continuidad del estado de cosas, sino su subversión, el morenismo se erige como una amenaza para el estado actual. En este sentido, y puesto que se plantea como un partido que desea transformar radicalmente la situación nacional —es decir, que ponga el estado al servicio de las clases dominadas— no solo la finalidad debe ser distinta a la tradicional, sino que también la conformación y el funcionamiento del partido deberían ser diferentes.

“¿Qué pelean las tribus morenistas? Mil 700 millones de pesos que recibirá su partido este año”

Aquí se encuentra la primera dificultad para ser un partido de nuevo tipo. El sistema político mexicano ha formado cuadros que cumplen con los requisitos necesarios para integrar un partido que le dé continuidad al estado actual; no prepara políticos que cuestionen la realidad mexicana para cambiarla. Precisamente por eso, un partido que se autoproclame como revolucionario no puede conformarse con los cuadros creados para hacer funcionar partidos tradicionales. Necesita generar sus propios cuadros, aquellos que integrarán al nuevo partido, que asegurarán su unidad ideológica, y que después podrán conducir no solo al partido, sino también al país. Y esto es justamente lo que no hizo Morena, pues se nutrió de los políticos entrenados para perpetuar las cosas, no para cambiarlas. El partido llegó a la presidencia debido al descontento general que existía con los partidos tradicionales, no gracias a su fortaleza partidaria y a su unidad ideológica.

A esto se debe que, a poco más de un año de haber ganado la presidencia, Morena se esté desmoronando. Veamos. Luego del VI Congreso Nacional Extraordinario que realizó Morena el domingo 26 de enero en la Ciudad de México, la presidencia del partido se convirtió en un organismo bicéfalo: por un lado Ramírez Cuéllar fue elegido como nuevo presidente del partido por un congreso incompleto; y por el otro Yeidckol Polevnsky sostiene que ella sigue siendo la presidenta, declara que Bertha Luján no está facultada para convocar al congreso, y que, por tanto, las resoluciones que se tomaron no tienen validez. Para ello, Polevnsky ha pedido al Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación que intervenga en el partido y frene a Luján y su grupo. ¿Qué pelean las tribus morenistas? Nada más que los mil 700 millones de pesos que recibirá su partido este año, así como la capacidad de definir las candidaturas para las 15 gubernaturas que se disputarán en 2021. Vino viejo en odres nuevos.

La teoría marxista del estado y la historia contemporánea de México demuestran que no se puede construir un partido distinto, que busque modificar el estado de las cosas, reciclando políticos que fueron formados para preservar al estado actual. Un partido que se plantee seriamente el objetivo de transformar al país para beneficio de las clases trabajadoras deberá imponerse como tarea urgente la formación de cuadros políticos con una misma ideología y perfectamente cohesionados en torno a ella, además de formar a la base social que sostendrá al partido y que será la savia que lo alimente. Se trata de una tarea que implica décadas de trabajo para organizar y educar al pueblo pobre de México. Es una tarea de largo aliento, sí, pero indispensable si se busca crear un partido de nuevo tipo. Porque, como dijo el poeta, no se trata de llegar solo ni pronto, sino de llegar con todos y a tiempo.


Ehécatl Lázaro es especialista en Estudios Latinoamericanos por la UNAM e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.
ehecatllazaro@gmail.com

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