Por CEMEES

El 2 de octubre de 1968 una gran masa estudiantil combativa, aglutinada entre julio y septiembre del mismo año, se concentró en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco para exigir el cumplimiento de una serie de demandas frente al estado mexicano. Pero los manifestantes fueron reprimidos por policías militarizados y la lucha quedó tendida sobre el suelo para no volver a levantarse. ¿Por qué pasó eso?

Porque se trató de un movimiento que nació y murió fugazmente. Emergió tras una intervención policíaca en tres preparatorias del IPN y la UNAM. Su nacimiento espontáneo antojaba necesario realizar un ejercicio de reflexión, en el que se plantearan objetivos precisos, dirigidos sobre la raíz de los problemas de México, que fueran atractivos para la masa y ganaran su apoyo. Sin embargo, las demandas estudiantiles, presentadas por el Consejo Nacional de Huelga, su órgano dirigente, se limitaron a un pliego petitorio de seis puntos: 1) libertad a todos los presos políticos del movimiento; 2) derogación del artículo 145 del código penal, que arbitrariamente hacía delito las expresiones discordantes que “perturbaran” el orden público; 3) la desaparición del cuerpo de granaderos; 4) destitución de jefes policiacos; 5) indemnización para las víctimas de la represión, y 6) establecimiento un diálogo entre autoridades y estudiantes.

Así, las demandas eran de corte político, es decir, expresaban la inconformidad de los mexicanos hacia el estado monopolizado por el Partido Revolucionario Institucional, pero esta inconformidad era sobre todo de la clase media (estudiantes, profesores, profesionistas, etc.), que no encontraba voz en la política nacional. No trascendía a otros sectores. Si bien las manifestaciones del 68 abrieron un espacio a esa disidencia, ninguna demanda cuestionó el problema más profundo: la injusta distribución de la riqueza que aqueja a nuestro país desde tiempos inmemoriales. No se elevó una voz en contra de las expresiones más palpables de esa problemática, a saber, contra el desempleo, los míseros salarios, la mala educación, la ausencia de servicios básicos para la población, etc. Así, no era fácil que el pueblo pobre cerrara filas con el movimiento.

“México siguió y sigue padeciendo el cáncer de la desigualdad”

Finalmente, el estado no desaprovechó esta experiencia y se fortaleció. El brote de inconformidad del 68 hizo notable la necesidad de incluir paulatinamente a las voces inconformes en el gobierno nacional. El partido en el poder lo hizo bien, al punto en que unos años después se legalizó el antes perseguido Partido Comunista Mexicano. De esa manera, la lucha de los estudiantes expresó con claridad que México tenía problemas, pero fue incapaz de encauzar la inconformidad nacional hacia un cambio realmente radical. México siguió y sigue padeciendo el cáncer de la desigualdad.

Movimiento y organización

“La revolución no se hace, sino que se organiza”, decía Lenin en torno a la cuestión de la conformación de los movimientos sociales que bullían en la primera mitad del siglo XX, como respuesta a las fallas de las democracias burguesas, las cuales estaban instaladas en una permanente crisis desde las últimas décadas del siglo XIX. 

Si bien, el movimiento estudiantil de 1968 no fue una revolución socialista, sí fue un proceso que evidenció el descontento de distintas capas de la sociedad contra el autoritarismo del estado; por tanto, diversos actores políticos buscaron redirigir ese descontento.

Sin embargo, y paradójicamente desde los ámbitos del poder se ha construido un discurso que reniega de la organización del movimiento y apunta por el impulso, por el arrastre y por el desorden absoluto. Se nos pinta a los estudiantes y a los sectores en rebeldía como soñadores idealistas inconformes solo por inercia y que la masacre de Tlatelolco fue un exceso (atípico del proceder del estado mexicano) atribuible al carácter voluble (casi paranoico) de Gustavo Díaz Ordaz ,o a la astucia maquiavélica de Luis Echeverría Álvarez.

Frente a ese discurso absolutamente espontaneísta, se muestran los intentos de organización y encauzamiento del movimiento por diversos actores políticos. Cabe mencionar que el apoyo de algunos sectores y la proliferación de movilizaciones en los cinco continentes fortalece la idea de la crisis de la “ola dorada del capitalismo”. 

El movimiento estudiantil de 1968 en México estuvo articulado desde distintas tácticas políticas y posturas ideológicas que difícilmente se pueden identificar entre sí, probablemente polarizadas en sus antípodas. Sin embargo, los actores políticos usaron una plataforma preexistente, fruto de una lucha estudiantil previa. 

De modo que el núcleo organizativo del 68 —el Consejo Nacional de Huelga— tuvo como precedente la agrupación de varias federaciones estudiantiles en 1967 en torno al objetivo de federalizar la Escuela Superior de Agricultura “Hermanos Escobar.” En julio del 67 la Escuela Nacional de Agricultura, el Instituto Politécnico Nacional, la UNAM, las Normales Rurales, entre otros, conformaron esta estructura con miras a construir una organización permanente e interuniversitaria para encauzar las demandadas del estudiantado de nivel superior. El éxito de esta estructura devino en que para 1968, esta organizó a cincuenta y nueve escuelas superiores que participaban en las asambleas internas.

Incluso también remiten a esta organización de base las brigadas de las facultades de Ciencias Políticas y de Filosofía y Letras de la UNAM, aun cuando sus fines no eran exclusivamente estudiantiles, pues participaron grupos políticos de tendencia comunista, trotskista, maoísta u otras organizaciones sociales que permitieron la ampliación del movimiento.

La Guerra Fría en el 68

Durante los años sesenta en México la vida política adquirió expresiones acordes a la política internacional. Es decir, frente a un contexto mundial en donde la mayoría de las decisiones políticas se basaban en la relación bilateral Estados Unidos-Unión Soviética, el gobierno mexicano no quedó exento de dicha condición, sobre todo por el trato de la buena vecindad que se alcanzó unas décadas atrás. De manera que cuando comenzó la Guerra Fría (a inicios de los años cincuenta) y el conflicto entre ambas potencias quedó explícito, el gobierno mexicano se alineó indefectiblemente con su vecino del norte. Así, si el enemigo principal del gobierno norteamericano era la Unión Soviética y, por lo tanto, los comunistas, estos también lo eran para el estado mexicano. 

De modo que para el estado todas las actitudes “subversivas”, fundamentalmente realizadas por estudiantes y obreros, tenían una base abiertamente comunista y, en consecuencia, con acuerdo con el Código Penal (artículo 145 bis) deberían ser castigados por la razón de alterar la “soberanía nacional”, dado que representaban —según los defensores del gobierno mexicano— ideas ajenas exportadas en contra de la Revolución Mexicana. En ese contexto el movimiento estudiantil de 1968 que reivindicaba en términos generales la libertad y la democracia no estuvo dirigido ni mucho menos se identificó con el comunismo a pesar de que en él sí concurrieron algunos miembros de las Juventudes Comunistas o de otras vertientes de la izquierda mexicana; no obstante, para el presidente Gustavo Díaz Ordaz la mano que mecía la cuna provenía del Partido Comunista Mexicano. 

“El discurso anticomunista de Estados Unidos fue aplicado por el gobierno mexicano como un arma de doble filo”

Esta percepción del movimiento estudiantil generó cierta repulsión por parte de los medios de comunicación y de algunos intelectuales reconocidos hacia los estudiantes movilizados y, como consecuencia directa, la aversión de otros sectores populares hacia los estudiantes en general. Tal es el caso de los “estudiantes” linchados unos años después por la población de Canoa en Puebla incitados por el cura del pueblo a causa de ser “comunistas”. 

En conclusión, el discurso anticomunista generado por los Estados Unidos durante la Guerra Fría fue aplicado por el gobierno mexicano como un arma de doble filo; en primer lugar para evitar la expansión del comunismo y, en segundo lugar, para mantener la “estabilidad política” que comenzó a ser cuestionada por distintos sectores de la sociedad: desde los años cincuenta por los sindicatos magisterial y petrolero, en los sesenta por organizaciones estudiantiles, en los setenta por grupos guerrilleros hasta que, finalmente, en los años ochenta dicha estabilidad política y económica entró en una crisis que hasta ahora reciente sus secuelas.  

Cultura de la rebeldía

En México, el nacimiento de la cultura mediática de masas trajo consigo la figura del joven rebelde. Tal representación, que originalmente tenía un carácter apolítico y que se manifestaba muchas veces en forma de conflictos emocionales, evolucionó rápidamente alimentada por fenómenos mundiales que impactaron fuertemente en las prácticas culturales de las generaciones jóvenes.

Sucesos de relevancia mundial como la Guerra Fría, las agresiones militares a Vietnam o el triunfo de la Revolución Cubana, escalaron rápidamente en una politización radical de las conciencias juveniles, particularmente de los sectores universitarios.

Para finales de los años sesenta, el joven políticamente rebelde es ya una auténtica contracultura; curiosamente, sin embargo, tal contracultura se halla perfectamente normalizada dentro de sus propios marcos: las universidades y los círculos sociales que en torno a ellas se agrupan. El estereotipo del estudiante rebelde usa playeras del Che Guevara, lee textos de teoría política, escucha música de protesta y rock norteamericano. Ser estudiante y políticamente contestatario es la norma.

Todo esto terminó en 1968. El ocaso del movimiento estudiantil fue, al mismo tiempo, el ocaso de la cultura juvenil de la rebeldía política.

“Los críticos del sistema se convirtieron en ahijados del sistema”

En las décadas consecuentes, las prácticas culturales que dominaban en los sectores universitarios de 1968 fueron perdiendo relevancia hasta convertirse, finalmente, en reliquias pasadas de moda, piezas de museo cuya principal utilidad era —y sigue siendo— nutrir los relatos nostálgicos de novelistas, intelectuales y “líderes” que participaron en el movimiento estudiantil.

También ese espíritu de rebeldía de 1968 fue absorbido por el propio sistema, y los rebeldes que entonces persiguió el ejército hoy son respetables personalidades de la intelectualidad y profesores honorables de las universidades. 

Los críticos del sistema se convirtieron en ahijados del sistema, ejemplificando con toda claridad la vieja crítica a la superficialidad del joven que se pone el traje de revolucionario mientras cursa la universidad. Tales dinámicas, con los recurrentes ensayos fallidos de organización estudiantil desde las universidades mismas, persisten hasta hoy como un reflejo pálido del movimiento de 1968.

La contradicción principal de tales desenlaces es que la sociedad mexicana sigue siendo, esencialmente, la misma en sus injusticias más profundas. Incluso puede decirse que algunos de los flagelos sociales que entonces apenas se gestaban, hoy han alcanzado las más insultantes dimensiones.

Para los millones de víctimas del capitalismo mexicano, para los trabajadores de las fábricas, para los comerciantes ambulantes, para los campesinos pauperizados, para los indígenas reducidos a limosneros de las ciudades, los logros del movimiento estudiantil de 1968 son frases de humo pronunciadas en la televisión por señores de corbata y café.

La sombra de 1968

Sin exagerar se puede admitir que la sombra del movimiento estudiantil de 1968 se cierne sobre todos nosotros y, de manera particular, sobre las organizaciones estudiantiles de la actualidad. Hasta nuestros días, el 68 es una fuente inagotable de paradigmas, ejemplos, símbolos y mitologías que, sin embargo, muchas veces no hacen más que oscurecer la perspectiva y ofuscar la visión de los actores estudiantiles del presente. 

Según la idea más extendida, el 68 fue un momento de total y absoluta excepcionalidad histórica. Este enfoque presenta a los estudiantes de la época bajo el velo de una milagrosa singularidad ininteligible y los concibe como protagonistas indeterminados de un trágico drama histórico en el que la “fuerza” venció a la “fantasía”. En nombre del mito anterior numerosas asociaciones estudiantiles de la época actual y del pasado reciente ensayan formas de organización inadecuadas, desdeñan las metas de largo alcance y promueven una apología desmesurada del “horizontalismo”, el “espontaneísmo” y la “imaginación” en detrimento de los aspectos objetivos de la problemática estudiantil. 

“Entender el sustento material del 68 mexicano constituye una de las tareas más importantes del movimiento estudiantil actual”

Contra esa manera de entender las cosas, se encuentran varias investigaciones que hacen énfasis en las bases sociales de ese movimiento. Desde hace mucho tiempo se sabe que el 68 mexicano no constituyó un fenómeno aislado en el tiempo y en el espacio, sino que, por el contrario, formó parte de un mosaico de rebeliones estudiantiles y populares que estallaron casi todas al mismo tiempo y en distintos puntos de la geografía mundial. En ese sentido, el caso de México se une a los de Francia, Italia, Hungría, Alemania, etc., y no se puede comprender más que como la manifestación de un gran ciclo de rebelión contra el orden mundial del capital. Aunque las interpretaciones usuales siguen haciendo abstracción del suelo social sobre el cual se levantaron las diferentes expresiones del 68, también se ha demostrado que ese amplio proceso de rebeldía simultánea solo se puede entender si se acepta, al mismo tiempo, que se gestó en las propias entrañas de la onda larga de expansión económica que se abrió en el transcurso de la Segunda Guerra Mundial. 

Entender el sustento material (la base económico-social) del 68 mexicano constituye una de las tareas más importantes del movimiento estudiantil actual. Solo así los estudiantes podemos empezar a ponderar la importancia inestimable de no exagerar el papel que juegan la “imaginación” y la “fantasía” en el curso de las luchas que llegamos a abrazar y defender. Solo así podemos empezar a extraer las valiosas lecciones que nos legaron los protagonistas de ese movimiento. Solo así podemos comenzar a valorar la importancia de contar con una organización estudiantil que deje atrás las nociones pueriles del “horizontalismo” y la “autogestión” en beneficio de una estructura sólida y disciplinada, capaz de hacer realidad las metas de un programa propiamente estudiantil que integre tanto las “luchas espontáneas” como las metas a largo plazo del movimiento. Solo así nos olvidaremos de las sombras y los fantasmas del pasado y alcanzaremos una “mayoría de edad”, tan urgente como necesaria.

Este artículo es una colaboración colectiva de cinco investigadores del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.
Autores: Victoria Herrera, Miguel Alejandro Pérez, Aquiles Celis, Anaximandro Pérez y Aquiles Lázaro.

cemees.central@gmail.com

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