| Por Victoria Herrera

Cuando se trata de preservar el poder, el estado capitalista posee la asombrosa capacidad camaleónica de separar la forma del fondo y de resolver la contradicción consecuente por medio de fórmulas o consignas “universales”. En ese sentido, los discursos supuestamente “renovadores” o “regeneradores”, y junto con ellos la esperanza, juegan una función de primer orden. A partir de esa clase de subterfugios un político viejo y desprestigiado, por el simple hecho de pasar de un partido con las mismas características  a uno renovado o que dice perseguir propósitos regeneradores, pierde esos atributos negativos y adquiere la imagen de un político nuevo e inmaculado, como si, a partir de entonces fuera, en efecto, un político regenerado. 

Esa clase de malabares ideológicos jugaron a favor del partido triunfador en las pasadas elecciones. En ese momento la esperanza cumplió un papel absolutorio y conciliador pero, además, se presentó como la condición única, necesaria y suficiente para lograr un cambio político. Todo, absolutamente todo, se trataba de tener confianza en los hombres del partido “nuevo”, como si, en los hechos, éstos fueran políticos realmente distintos, dignos de recibir la confianza irrestricta del electorado nacional.

Nadie objeta el hecho de que la esperanza y el optimismo han sido unas —no necesariamente las primeras— de las condiciones de posibilidad de las grandes transformaciones de la historia. Todos los proyectos transformadores parten del supuesto de que los deseos, personales y colectivos, pueden hacerse realidad. Si no existiera esa  expectativa nadie estaría dispuesto a participar en una empresa de esa clase. Con todo y eso, la esperanza, por sí misma, no produce ningún cambio y, muchas veces, se convierte en una ideología que, en lugar de motivar el cambio verdadero y profundo, apacigua los ánimos con el pretexto de que ese rasgo es “el último que debe morir”, de que no hay que perder la fe y de que, a fin de cuentas, si el cambio nunca llega se debe, seguramente, a que dejamos de tener confianza en un futuro promisorio que estaba a punto de hacerse patente cuando dejamos de creer en él. En esos momentos la esperanza deja de ser un impulso dinámico y se convierte en un discurso hueco, en un narcótico que aletarga la conciencia y la voluntad de cambiar las cosas. 

“la esperanza por sí misma no produce ningún cambio”

Alguien puede decir que la voluntad humana no tiene límites, que es omnipotente, que basta y sobra con desear y esperar un cambio, incluso puede declarar que el cambio está en uno mismo, pero los hechos demuestran que, en efecto, “los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente”. 

En las  pasadas elecciones, los votantes tenían una tarea única: votar por la esperanza y el resto del cambio quedaría en manos de los candidatos impolutos (¡ja!) del partido regenerador, quienes harían efectiva la fe depositada en ellos. No obstante, ahora que el cielo se comenzó a despejar, y que empieza a sobrevolar (o incluso a ser un hecho) la probabilidad de que los nuevos gobernantes no cumplan algunas de sus promesas de campaña más importantes (por ejemplo, acabar con la corrupción), la ideología de la esperanza vuelve a proteger a los triunfadores y a obnubilar la mente de las personas que votaron por ellos.

A un año de gobierno de la 4T no está de más recordar que la esperanza es una condición necesaria, pero no suficiente, para lograr una transformación social verdadera, y también que hace falta una fuerza social poderosa, invencible, organizada y educada políticamente, en una palabra, una organización de masas capaz de hacer realidad, de materializar, de objetivar los programas políticos que promueven un futuro positivo de esperanza y de transformación.

Victoria Herrera es historiadora por la UNAM e investigadora del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.
vickipato@gmail.com

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