| Por Aquiles Lázaro

El posmodernismo es hoy, sin duda, una de las corrientes del pensamiento más aceptadas, difundidas y practicadas. Algunos de sus rasgos distintivos, teorizados desde la filosofía y la sociología durante la segunda mitad del siglo xx, pueden sintetizarse así: la formulación de teorías totalizadoras es estéril: las llamadas “metanarraciones”, que establecen postulados generales sobre un fenómeno social, dejan fuera de sus sistemas a la multiplicidad de relatos personales, locales, periféricos; el conocimiento general es inaccesible: lo único comprobable es lo local, lo inmediato, lo parcial, por lo que cada individuo desarrolla su propia versión de la realidad; no hay verdades generales: existen tu verdad y mi verdad, porque los hechos y las pruebas son sustituidos por “narrativas” personales que solo nos ofrecen fragmentos subjetivos insuficientes para conocer un fenómeno.

Desde el punto de vista de la historia del pensamiento, es opinión cada vez más sustentada interpretar al posmodernismo como una reacción a los esquemas teóricos que habían guiado al conocimiento desde hace doscientos años. Conceptos como razonamiento lógico, método científico o verdad objetiva, enarbolados por la Ilustración en el siglo xviii, encuentran ante los cuestionamientos posmodernistas una batalla frontal.

Como cualquier sistema de ideas, el posmodernismo tiene implicaciones prácticas en todos los terrenos de lo social, entre ellos el arte. Incluso puede decirse que, de hecho, la práctica artística posmoderna existió varias décadas antes de que Jean-François Lyotard publicara en 1979 La condición posmoderna, texto aceptado generalmente como el primer intento de sistematización del posmodernismo.

“El artista era libre, tan libre como se lo permitiera un estrecho marco ideológico perfectamente calculado”

Cuando Marcel Duchamp exhibía su célebre Fountain en el Grand Central Palace de Nueva York, en 1917, cuestionaba de manera radical la “metanarración” de los criterios universales de calidad artística; “deconstruía” una visión totalizadora del arte que dictaba que la obra debía ser resultado de la combinación entre un esfuerzo intelectual y un alto grado de perfección técnica. ¡No existe el arte –parecía gritar Duchamp­–, lo que existe es mi versión subjetiva de arte!; no existe la técnica como sistema totalizador, sino mi versión subjetiva de la técnica; no existe la calidad artística, sino mi versión parcial de calidad artística; etcétera.

El contexto creado por la Guerra Fría propició un crecimiento vertiginoso de estas tendencias. La sistematización de teorías estéticas radicales más o menos sólidas —Yves Klein en la plástica, John Cage en la música, Marina Abramovic en el performance— hallaron pronto amplia difusión al amparo de todo el aparato ideológico del llamado “mundo libre”. A través del complejo circuito de festivales, cátedras y premios, se llegó a institucionalizar el posmodernismo como práctica artística general; un discurso estético que proclamaba la individualidad más tajante como principio y fin del proceso creativo.

El artista era libre, tan libre como se lo permitiera un estrecho marco ideológico perfectamente calculado. Y así, con esta paradoja, con esta maquiavélica ficción de una libertad irrestricta, se despojó a la creación artística (a la obra y al creador) de todo interés por hacer de su obra un mecanismo de comunicación. La relación recíproca artista-sociedad, este canal de expresión que sustenta por sí mismo toda la existencia y la necesidad del arte en nuestras vidas, hoy agoniza en las arenas estériles del posmodernismo.

Es natural que en el arte, donde el papel individual subjetivo ocupa un papel esencial, se haya aceptado con mayor naturalidad un discurso de tan graves implicaciones sociales; así se explica que al arte de hoy no lo entienda nadie más allá de un estrecho círculo de artistas, estudiantes y críticos. En una sociedad como la nuestra, el arte es cada vez más un membrete y un nido de pedanterías despojado completamente de su capacidad sensible y de su enorme potencial como transformador de nuestra condición humana.

Aquiles Lázaro es promotor cultural e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.
aquileslazaromendez@gmail.com

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