| Por Jesús Lara

A pesar de todas las calamidades que hoy aquejan a la sociedad en medio de una riqueza exorbitante, sigue predominando una visión del mundo según la cual no hay alternativa al capitalismo. Esta doctrina ha revestido todas las formas posibles: desde vulgar propaganda mediática hasta “ciencia” pura y dura, convirtiéndose en parte del sentido común de la inmensa mayoría de las personas. ¿En qué consiste este sentido común? En afirmar que los elementos perversos de la economía de mercado —como son los 800 millones de hambrientos o los 22 mil niños muertos al día a causa de la pobreza— al ser perfectamente corregibles por tratarse de “fallos de mercado” o efectos de corrupción política, son males menores comparados con la ausencia de libertades individuales, el Estado totalitario y la escasez crónica de bienes de consumo que caracterizan a una sociedad no capitalista.

Para demostrar la falsedad de esta aseveración, primero debemos saber qué busca el socialismo. Sus dos objetivos económicos fundamentales son terminar con la explotación —cuyo elemento esencial es la apropiación del trabajo ajeno, consecuencia necesaria de la propiedad privada sobre los medios de producción y causa fundamental de la desigualdad en el capitalismo— y superar la anarquía del mercado para orientar las fuerzas productivas de la sociedad a la satisfacción de las necesidades y deseos sociales e individuales. En el socialismo, pues, sería imposible que ocho individuos poseyeran la misma riqueza que la mitad de la humanidad, ni que se dedicaran más recursos a la producción de cosméticos que a la cura de enfermedades tropicales.

Para lograr sus fines, el socialismo supone la propiedad social de los medios de producción y que su uso se determine por un plan: qué, cómo y cuánto producir no son ya decisiones de empresarios aislados que buscan maximizar sus ganancias, sino elementos de un plan que coordina toda la actividad económica para la consecución de metas democráticamente elegidas.

“En el socialismo sería imposible que ocho individuos poseyeran la misma riqueza que la mitad de la humanidad”

Contra estos principios básicos, el economista austriaco von Mises presentó hace casi cien años la tesis sobre la imposibilidad del cálculo económico en el socialismo. El argumento central es que sin formación de precios competitivos es imposible tomar decisiones económicas acertadas. En la economía de mercado, los precios sintetizan gran cantidad de información: nos revelan la escasez relativa de los bienes y permiten elegir los métodos de producción más eficientes. Además, dada la naturaleza compleja y cambiante de la actividad económica, sería imposible para una agencia de planificación reunir y procesar toda la información necesaria para la elaboración y ejecución del plan. El socialismo andaría a tientas en la oscuridad y sería ineficiente.

Este argumento se convirtió en dogma con la caída del bloque socialista. Sin embargo, en fecha tan temprana como 1993, economistas e informáticos como Paul Cockshott y Allin Cottrell dieron respuesta al argumento austriaco con la siguiente tesis: la utilización de las modernas herramientas de la computación y las telecomunicaciones permitiría una planificación democrática y en tiempo real de la producción; un nuevo socialismo que sería más eficiente en la transmisión y procesamiento de la información que el mercado capitalista. 

Los investigadores afirman que el principal problema económico del socialismo soviético era de carácter técnico: la falta de un sistema informático y de telecomunicaciones que interconectara en tiempo real a todas las empresas y centros de distribución con las agencias de planificación obligó a las autoridades a otorgar cada vez más autonomía a las empresas. Esta autonomía entró en contradicción con la planificación socialista y provocó la paulatina restitución de las relaciones de mercado. 

Ahora, estas carencias técnicas son inexistentes en todos los países capitalistas avanzados. Allí existen las condiciones para un nuevo socialismo democrático, eficiente y sustentable. En contraste, la única información relevante que hoy nos provee el mercado es que su tiempo como la institución suprema de la sociedad se ha agotado; y es mejor que asumamos este hecho antes de que sea demasiado tarde. Como dijo el crítico literario marxista Terry Eagleton: “Supongamos que unos cuantos de nosotros sobreviviéramos […] a un cataclismo nuclear o ecológico y comenzáramos de nuevo la imponente tarea de reconstruir la civilización desde cero. Sabiendo lo que sabríamos acerca de las causas de la catástrofe, ¿no haríamos bien en probar esta vez la vía socialista?”

Jesús Lara es economista por El Colegio de México e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.
larajauregui1917@gmail.com

Un comentario sobre “Capitalismo eterno o un nuevo socialismo

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