| Por Níobe Enciso

Todas las empresas alaban las bondades de sus productos ante los consumidores incautos. Sin embargo, cada vez con más frecuencia se venden bienes y servicios con deficiencias importantes, pero que cubren la condición básica de las mercancías: ser instrumentos para obtener ganancias.

Lo descrito se materializa en diferentes formas y grados según la naturaleza del producto y la libertad con que opere la empresa. Así, en lo que refiere al sector tecnológico, desde el segundo cuarto del siglo xx comenzaron a desarrollarse mecanismos para ofrecer mercancías con obsolescencia programada, es decir, productos para los que ya existía un cálculo previo e intencionado de su descomposición o del término de su vida útil en periodos más breves a lo tecnológicamente posible, forzando así al consumidor a comprar con más frecuencia. El potencial que tiene esta práctica es considerable y cuantificable; es sumamente rentable para el que la usa, pues cuando el consumidor requiera alguna pieza, compostura, el producto completo o renovado, le comprará al productor o a su competencia, será potencial demanda estimulada de un modo artificialmente acelerado.

Como todo, lo anterior tiene una causa: la producción en la economía de mercado ha perdido su sentido social; ya no busca satisfacer al máximo las necesidades. El objetivo cambió al conformarse el capitalismo; orientándose hacia la acumulación de valor, los grandes empresarios se han dedicado a producir mercancías que generen las ganancias que les permitan amasar fortunas que antes sólo parecían quimeras y que no podrán gastar, aunque vivan muchas vidas. Precisamente esto es lo que explica el paralelismo entre el desmesurado crecimiento de las mayores riquezas y de la desigualdad económica en el mundo. Esto es lo que explica que para 2017: las cinco transnacionales con mayores ingresos obtuvieran más que países enteros; que, según Oxfam, la fortuna de los más pudientes para el mismo año aumentara en 82% de la riqueza total generada, aunque esa élite representó apenas el 1%; que los 8 más ricos del mundo tengan lo mismo que el 50% de los habitantes del planeta; etc. Las causas directas y concretas son: la excesiva influencia de las grandes empresas en la política y la insaciable necesidad de las empresas de minimizar los costos.

En este contexto se inserta el comportamiento del sector tecnológico que al parecer se ha convertido en el nuevo El Dorado. Casi una quinta parte de las 100 personas más ricas del mundo han hecho su fortuna en este sector o en empresas relacionadas con el mismo. Según Bloomberg el sector tecnológico coopta el “top ten” de millonarios: seis de las 10 mayores fortunas del mundo están en manos de personas vinculadas al sector. Además, Jeff Bezos, fundador de Amazon, se ha posicionado como el hombre más rico del mundo al menos desde 1982. 

Esta fuente de abundante riqueza se debe a que las empresas en cuestión cuentan con dos características: son monopolio y su principal materia prima es la innovación tecnológica. Sería extenso desarrollarlo aquí, pero se sabe que, en el capitalismo, ambas son catalizadores de la obtención de ganancias. 

Lo anterior encarna la verdadera naturaleza de la economía de nuestros días en la que la producción ha dejado de ser el fin para convertirse en el medio. 

El caso más sonado acerca del uso de la obsolescencia programada es el de Apple. Esta empresa es una de las que han obtenido más ingresos que países, es también, según El Financiero, la empresa que más dólares gana por segundo a nivel mundial (1,533 dólares). Sin embargo, desde 2003 con la controversial película titulada iPod’s Dirty Secret (El sucio secreto del iPod), las demandas por obsolescencia programada contra Apple no se han detenido. Actualmente tiene demandas de este tipo en Estados Unidos, Francia, e Israel, y a mediados del mes que corre Italia ha dado una primera resolución judicial al respecto. 

La legislación en contra de esta práctica es casi inexistente: apenas en 2014 en Francia se aprobó la primera ley nacional que crea medidas preventivas.

A pesar de la aparente movilización en contra de este fenómeno, es claro que, si se quisiera atacar el problema de raíz, se debería pensar en cambiar las políticas económicas que hasta ahora han servido de conducto de la acumulación de unos pocos. Para solucionar la gran contradicción del mundo, se deberían impulsar las políticas que propicien una distribución más equitativa de la riqueza.

Níobe Enciso es economista por la UNAM e investigadora del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.
niobe.ez@hotmail.com

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