| Por Arnulfo Alberto

Una de las muchas ‘bondades’ del sistema económico neoliberal es la movilidad social; esto a decir de los propagandistas del capitalismo, entre los que se cuentan intelectuales, académicos y periodistas orgánicos al statu quo.

De acuerdo con esta afirmación, solo en el concierto económico actual se premia el talento individual y no se escatiman incentivos económicos, reconocimientos y crecimiento profesional para los esforzados y competentes. En él, cada uno de los miembros de la sociedad tiene la oportunidad única de ascender hasta donde su capacidad y disciplina se lo permita sin que importe mucho su origen y posición en la escala social. Basta con enfocar todas las energías físicas y emocionales para obtener las mejores notas en la universidad, y tener garantizado un lugar de privilegio en algún corporativo multinacional o en la administración pública. Lo han bautizado agregándole al sistema un rimbombante apellido: capitalismo meritocrático, y han puesto a los Estados Unidos como modelo de país donde toma una forma acabada y se materializa esta benévola característica neoliberal.

Afortunadamente, estudios recientes sólidamente sustentados han echado abajo oportunamente esta característica errónea del capitalismo, y vienen a confirmar su vocación elitista y excluyente para perjuicio de las vastas capas de desfavorecidos (que perpetúan su condición marginal a su descendencia heredándoles solo pobreza y nulas posibilidades de ascenso social).

Citaré dos de estos estudios. En primer lugar, un artículo publicado en la revista Development Science por un grupo de psicólogos encabezados por la doctora Anne Fernald de la Universidad de Stanford, en el que se afirma que las desventajas que un niño con padres de bajos ingresos (media de 23,900 dólares)  tiene con respecto a uno de padres con altos ingresos (media de 69,000 dólares) empiezan a una edad tan temprana como a los 18 meses. A esa edad los niños de padres ricos pueden identificar muchas más palabras que los niños pobres. Conforme crecen la diferencia se acentúa, tanto que a los dos años, los niños ricos ya han aprendido un 30% más palabras que los niños pobres. Al llegar a los tres años, los niños pobres han escuchado 30 millones de palabras menos que los niños de clase alta. Con un vocabulario bastante más amplio, estos últimos aprenden a leer con mayor rapidez al iniciar la educación; este efecto dominó se mantiene en el transcurso de los años.

El otro estudio aparece en un paper publicado por el prestigiado think tank liberal The Brookings Institution, en el que se confirma que, si bien en el largo plazo los niños inteligentes ganan más que los niños ricos, los niños más inteligentes suelen ser, las más de las veces, niños ricos. Esto se debe, de acuerdo con el estudio, a que dependiendo de los mayores recursos de todo tipo que una familia puede dedicar a la tarea de criar, los niños ricos inician sobresaliendo académicamente con respecto a los pobres; y esta ventaja se sostiene, como un efecto en cadena, hasta la educación superior. En suma, no hay tal aprecio por el mérito: si nacimos pobres, lo más probable es que esta condición nos acompañe permanentemente.

Solía decir José Saramago que el mundo actual está hecho para los ricos. Muchos, quizá, adjetivaron esta afirmación como una declaración ideológica producto de sus convicciones políticas, sin ningún sustento en la realidad. Sin embargo, no es necesario profundizar en elucubraciones teóricas abstractas, ni tampoco concentrarnos en demostrar teoremas matemáticos insolubles para darnos cuenta de lo real de su afirmación. Es necesario solamente una mente limpia, libre de prejuicios de toda clase, y valernos de las evidencias estadísticas para derribar el mundo de fantasía que nos ha construido artificialmente el capitalismo en nuestras cabezas.

Los propagandistas del libre mercado nos vendieron la idea de que con esfuerzo y talento una vida de bienestar era posible en este sistema, gozando de libertades absolutas en todos los sentidos y de crecimiento económico. Se apoderaron de la palestra y, aprovechando la caída de los experimentos socialistas de Europa del este y la URSS, dieron rienda suelta a su discurso en favor de la libre empresa y la explotación que conlleva. Por eso la clase dirigente nunca hizo ninguna concesión a las clases desfavorecidas. Una vez derrumbado el ensayo soviético, el capitalismo no tuvo necesidad de mejorar y renovarse (lo cual quizá sea, por otra parte, inmanentemente imposible).

Arnulfo Alberto es maestro en economía por la UNAM e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.
arnulfo.alberto@gmail.com

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