| Por Miguel Alejandro Pérez

Emiliano Zapata Salazar nació en Anenecuilco, una “aldea tranquila, entristecida, de menos de 400 habitantes” (así la describe el historiador norteamericano John Womack Jr.), en el estado de Morelos. En la revolución mexicana Zapata representó los intereses de los campesinos desposeídos del sur de México. Muy pronto comprendió la necesidad de “empujar los acontecimientos mucho más allá del resurgimiento democrático” y de ir más allá del triunfo de la “causa democrática”. En consecuencia trató de trascender los límites del liberalismo maderista y pugnó por una revolución de carácter social. Mientras Francisco I. Madero creía que la “libertad por sí sola resolvería todos los problemas”, Zapata señaló la insuficiencia de la revolución democrática maderista y estableció la urgencia de llevar a cabo una transformación de índole estructural. En los años posteriores no cejó en la empresa de realizar una reforma agraria.

Al mismo tiempo Zapata entendió que sólo las masas organizadas (en este caso, armadas) podían garantizar el desarrollo de la revolución anhelada. El cambio social exigía la participación activa y decidida del pueblo y no sería la concesión graciosa de un “caudillo iluminado” como Madero. Por otra parte Zapata advirtió la importancia de contar con un programa propio que orientara el rumbo de la revolución campesina de México. El Plan de Ayala expresó la concepción zapatista de la revolución y significó la ruptura de los rebeldes del sur con la “tendencia puramente política, democrática, encabezada por el señor Madero”. A diferencia del Plan de San Luis, que giraba en torno al problema de “las libertades suprimidas por la dictadura”, el texto zapatista orbitó en torno a la necesidad de resolver el problema agrario.

A cien años de la muerte de Zapata, el presidente de la República en turno barre con el legado revolucionario del caudillo agrarista. En primer lugar, no comprende la importancia de realizar una revolución social y se obceca en la idea de implementar una transformación moral. En segundo término, considera que el pueblo constituye un elemento pasivo que sólo exige la caridad del Estado. En ese sentido, niega la relevancia de organizar y educar a las masas populares para que ellas mismas participen y garanticen el desarrollo de la transformación estructural. Por último, desdeña la trascendencia de contar con un programa propio que unifique y oriente el rumbo del cambio proyectado. La historia proporciona lecciones insoslayables. En 1910, el “resurgimiento democrático” tan sólo representó la antesala de un cambio mucho más radical e importante de las estructuras económicas y sociales de México. En esos momentos decisivos, Madero no pudo detener el avance de la revolución social: la rebelión popular avanzó a pesar de él.

Miguel Alejandro Pérez es historiador e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.
mi_peral4@hotmail.com

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