| Por Abentofail Pérez

La posición de México en el panorama global fue, y es, mientras tenga Estados Unidos el poder hegemónico de la economía en el mundo entero, de una importancia radical. A partir de la Revolución mexicana, y particularmente después del triunfo de los Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial, la función estratégica de nuestro país, como vecino del gigante del norte, se volvió especialmente problemática. Pocos presidentes han logrado lidiar con dignidad con el país más poderoso del orbe; la mayoría de las veces el prestigio, y sobre todo la libertad económica y política, terminan subordinándose a los intereses de un enemigo que parece demasiado grande como para ser cuestionado.

El panorama actual resulta todavía más oscuro a raíz de la firma del nuevo tratado comercial entre Estados Unidos, Canadá y México, el TMEC. Poco se ha dicho en los medios y en las conferencias mañaneras – y las razones del silencio comienzan a preocupar –, sobre todo a raíz de un nuevo dedazo de AMLO que, al ser cuestionado sobre las relaciones con Estados Unidos después de que Donald Trump arremetiera nuevamente con el muro, espetó con su mejor argumento a la periodista que lo cuestionó: “lo que diga mi dedito”, antes de comenzar una insulsa relatoría sobre sus prácticas beisboleras para evitar responder.

El silencio de AMLO, y el miedo a responder con la dignidad que una nación como la nuestra requiere, no es casual. El nuevo tratado comercial deja a México atado de manos frente a los intereses imperialistas, con todo el significado que esta palabra implica, de los Estados Unidos. En su capítulo 32, el TMEC exige que ninguno de sus miembros se “integre comercialmente con China”, lo que garantizaría a nuestro vecino del norte el control absoluto de la economía nacional y la seguridad de que su competidor más cercano tiene las manos fuera de su traspatio al sur del río Bravo. El papel del presidente en la ratificación de este acuerdo fue, apenas hace unas semanas, recordado y aplaudido por el ultraderechista y exjefe de asesores de Donald Trump, Steve Bannon, quien dijo al respecto: “No hubiéramos logrado (mantener el acuerdo comercial del) NAFTA si no hubiese estado el nuevo presidente populista […] La clave de ese acuerdo era asegurarse que China no pudiese entrar en el sistema a través de México, y creo que (Andrés Manuel) López Obrador fue esencial para esto”.

La estrategia de la política internacional del presidente consistió, desde que estaba en campaña, en entregarse sin miramientos a las exigencias de los norteamericanos. La necesidad de cortar relaciones comerciales con China, país cuya economía es hoy por hoy la segunda más poderosa del mundo, es producto del miedo con el que los Estados Unidos ven acercarse a su principal competidor, por lo que han decidido cerrarle el paso desde México a la potencia asiática. Naturalmente la posición de México en esta disputa hegemónica es exactamente la misma que la del peón que debe ser sacrificado para defender al rey. No hay mejoras sustanciales para nuestro país en el nuevo tratado comercial, lo único que ganamos es, posiblemente, el aumento de los salarios en la frontera y en el sector automotriz, ganancia que no se debe precisamente a los méritos del presidente, sino a las exigencias de las grandes empresas norteamericanas que exigen igualdad de condiciones en la oferta laboral, en la que nuestro país actúa con ventaja al tener los salarios más miserables del sector. 

La posición de México en el panorama internacional es sumamente complicada. Está entre la espada y la pared y no tiene ni “derecho al pataleo”, razón por la cual el presidente ha decidido utilizar nuevamente su mejor arma, la soberbia y la imposición, para acallar las voces que reclaman, con justa razón, que se defienda con dignidad la soberanía nacional. AMLO no puede hacer nada, porque antes siquiera de comenzar su mandato, vendió su alma al presidente americano. Como en el caso de la “cándida Eréndira y su abuela desalmada”; ahora corresponde a los trabajadores mexicanos, a los productores de riqueza en nuestro país, a los que terminan siempre por sacrificarse en contra de su voluntad por los intereses de una minoría, pagar con sudor y sangre la deuda que el presidente adquirió con un acreedor sin escrúpulos para hacerse con el poder. Cual moderno Shylock, Donald Trump exigirá a AMLO por sus servicios algo más que una libra de carne, tributo que tendrá que salir, necesariamente, del pecho del pueblo de México. 

Abentofail Pérez es historiador por la UNAM e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.
abenperon@gmail.com

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