| Por Miguel Alejandro Pérez

Algunos suponen que la historia responde a los impulsos vitales de una élite egregia compuesta por individualidades sobresalientes y capaces por sí mismas de hacer avanzar o incluso detener el flujo del devenir. En la tercera década del siglo pasado, el filósofo español José Ortega y Gasset clasificó y agrupó a la humanidad en dos grandes conjuntos: en un lado colocó a la “muchedumbre” homogénea y en otro a un pequeño círculo de personalidades “ilustres” que está muy por encima del primer grupo. En el esquema orteguiano, los integrantes de este grupo juegan un rol pasivo, mientras que los miembros del segundo cumplen un papel activo. En otros términos: los primeros solo constituyen la materia manipulable de los deseos y anhelos “sublimes” de los segundos. Así, Ortega y Gasset justificó la preponderancia de la minoría sobre la mayoría.

Hace un par de semanas, el Presidente de la República decretó el fin del neoliberalismo. De alguna manera, las palabras de Andrés Manuel López Obrador (AMLO) evocan el sistema del filósofo español. A primera vista, el primer mandatario concuerda con Ortega y Gasset, por cuanto asume también que la historia responde a las expectativas (fundadas o infundadas, genuinas o falsas) de los “grandes hombres”. Por supuesto que el tabasqueño toma en cuenta al “pueblo”: en el pasado llegó a repetir la vieja consigna de que “solo el pueblo puede salvar al pueblo” y nadie puede olvidar que, en la apoteosis de la victoria electoral morenista del 10 de julio de 2018, proclamó que nunca va a traicionar al “pueblo”.

Pero en la práctica, AMLO relega al “pueblo” al lugar de la “muchedumbre” pasiva, que no tiene más que reconocer y elevar al poder a una minoría incorruptible e impoluta. Al respecto basta recordar su idea de que la honradez es contagiosa o, en pocas palabras, que un jefe del Ejecutivo honrado provoca la honradez de toda la burocracia y hasta de la sociedad completa. En suma: el papel del “pueblo” terminó justo en el momento que emitió su voto por un individuo “moral” y por los candidatos de un partido político presuntamente “regenerado”.

Con respecto a su declaración de “muerte” del neoliberalismo, el Presidente revela al mismo tiempo una negación trasnochada del desarrollo dialéctico del devenir y una ignorancia supina de las leyes científicas que describen mejor las pautas por las que discurre el acontecer social. Claro que “todo lo que existe merece perecer”, pero ni el más poderoso de los políticos (o el más popular) puede extender la partida de nacimiento de una nueva forma de organización social o firmar el acta de defunción y celebrar las exequias de una forma que considera caduca.

El revolucionario y filósofo alemán Federico Engels escribió que en la doctrina de Hegel “el atributo de la realidad solo corresponde a lo que, además de existir, es necesario”. El propio Hegel escribió que “la realidad, al desplegarse, se revela como necesidad”. Engels agregó que “en el curso del desarrollo, todo lo que un día fue real se torna irreal, pierde su necesidad, su razón de ser, su carácter racional, y el puesto de lo real que agoniza es ocupado por una realidad nueva y vital”. No obstante “la necesidad es ciega únicamente en tanto no se la comprende”, por tanto, “la libertad no es otra cosa que el conocimiento de la necesidad”.

Aun así “es necesario comprender, pero no solo comprender, también obrar”. El sometimiento de las fuerzas sociales a la soberanía de la sociedad reclama un acto social. De ahí la importancia de la “actividad práctica revolucionaria”. Con su declaración mortuoria, AMLO evidencia su concepción antidialéctica de la historia. Más bien asume la posición de un superhombre (Übermensch) nietzscheano: una individualidad que entroniza la voluntad individual en detrimento de la razón ¿Qué tanto puede esperar el “pueblo” (la mayoría) de una concepción histórica semejante?

Miguel Alejandro Pérez es historiador e investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.
mi_peral4@hotmail.com

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